Evo y el (no) fútbol
En los últimos días se ha publicitado un torneo de fútbol internacional que va a tener lugar en pleno trópico cochabambino, está financiado por las confederaciones de productores de la no tan sagrada hoja de coca y llevará el nombre de su secretario general, el ciudadano Evo Morales Ayma.
Promocionar el deporte, la competencia sana, sobre todo entre los jóvenes (se trata de un campeonato sub-17), parece una muy buena e irreprochable idea, por lo que los reclamos de la oposición parecerían estar fuera de lugar, aunque, claro, las cosas no son tan simples, y el nombre que se da a un torneo no es ni insignificante ni debe ser tomado a la ligera.
¿Qué mensaje se le esta dando a la juventud si se permite que un torneo sea financiado por quienes producen materia prima para la fabricación de cocaína? ¿Se está tratando de normalizar ese producto? ¿Se está diciendo a los jóvenes que no hay ningún problema con hacer un modo de vida ligado aunque sea tangencialmente al narcotráfico? Y aquí debemos ser claros: lo cierto es que toda la producción de coca está contaminada con la cocaína, sólo por el hecho de la distorsión en su precio que se da debido a la demanda de la hoja para la producción de ese estupefaciente. Para colmo, sabemos que la mayor parte de la coca del Chapare termina convirtiéndose en una especie de harina.
El otro problema está con el nombre del certamen, “Copa Evo Morales”. Morales es mundialmente famoso en lo que respecta al fútbol, lo he constatado personalmente. Una vez, en un barcito de Malasaña, en Madrid, unos parroquianos que al igual que yo estaban en la barra, al saber que yo era de Bolivia, inmediatamente se refirieron a Evo: no, no me hablaron del “proceso de cambio” , lo que recordaban era el puntapié en la entrepierna que le propino a un contrincante, algo que hizo con una tremenda alevosía (el episodio empeoró, porque no fue expulsado el agresor, sino el agredido). En efecto, la (mala) fama de Evo es grande.
Morales es un mal ejemplo para el fútbol y una vergüenza para el deporte que debe practicarse con bonhomía, actuando como un kapac, como diría el vicepresidente Choquehuanca.
Pero no se trata de solamente ese desagradable detalle, sino de todo lo que hizo Morales durante su presidencia, cuando convirtió al fútbol en parte de la ritualidad del Estado, con partidos convertidos en una suerte de espectáculo donde él se podía lucir y su partido ganar.
El abyecto culto a la personalidad al que Bolivia fue sometida durante los largos 14 años del gobierno de Evo Morales resurge con este campeonato, al que se le ha dado ese inadecuado nombre.
Hay algo más: las aseveraciones del expresidente en sentido de que se critica este nombre porque los opositores no quieren el nombre de un indio en un campeonato. Este argumento es de una enorme bajeza, por un lado porque acusa a quienes lo critican de ser racistas y, por el otro, porque recurre a la ya trillada y falsa estrategia de victimismo, que es una de las columnas sobre las que se construyó un gobierno autoritario.
Es tan absurda esta aseveración en este caso, que en realidad pone en evidencia la falacia de la misma en casi todas las circunstancias.
Quienes siguen mi columna saben de mi poco conocimiento del fútbol y de mi poco interés por ese deporte, aunque no dejo de percibir la enorme importancia simbólica que éste puede tener. De cualquier manera, lo que aquí tenemos, y de lo que trata esta columna, no es de fútbol, sino del mal manejo de los símbolos, del mal uso de los ejemplos y de las manías de grandeza de un personaje que tiene una enorme pequeñez de alma.
Si se quiere honrar el fútbol, una nueva copa debería tener el nombre de un jugador (y mejor si es “indio”) que hubiera dado muchas alegrías a la hinchada, no el de un exgobernante que hizo uso y abuso de ese deporte para sus propios fines.
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ