Lo que nos espera en lo económico
Parafraseando a Winston Churchill se puede decir del Gobierno del MAS lo que éste dijo de su Gobierno al principio de la II Guerra Mundial: pudisteis escoger entre el racionamiento y la inflación; escogisteis el racionamiento y ahora tenéis la inflación.
El Gobierno, al no tomar las medidas necesarias para corregir los desequilibrios macroeconómicos de grandes y persistentes déficits fiscales y en la balanza comercial, y una vez agotadas las reservas de divisas del Banco Central de Bolivia (BCB), acudió a la emisión excesiva de dinero a través de préstamos del BCB.
Esta medida derivó en la devaluación del boliviano, dando lugar a que las pocas divisas que el BCB pudiera tener tengan que ser racionadas al tipo de cambio oficial y que bienes imprescindibles, como fármacos y combustibles, que dependen del suministro de divisas, igualmente tengan que ser racionados.
Sin embargo, su intento de evitar el costo político de tomar las medidas correctivas necesarias, que hubieran dado lugar a una mayor inflación a corto plazo, no dio resultado dado que la inflación, al poco tiempo de implementar el racionamiento, igual aumentó, como también aumentó la devaluación de la moneda nacional, a niveles no vistos en décadas. De esa manera aseguró que cuando se tengan que tomar las medidas necesarias para corregir esos desequilibrios, estas tengan que ser más drásticas y costosas.
Se suele culpar a los gobiernos del MAS por haber despilfarrado la bonanza fruto de los extraordinariamente altos precios de materia prima, en especial del gas, a partir del 2006. Se mencionan montos realmente siderales para el tamaño de la economía boliviana, de sesenta mil millones, ciento veinte mil millones o más, en 19 años de gobierno.
No es esta una apreciación correcta. El gobierno del MAS dilapidó sólo la menor parte de esa bonanza. La mayor parte de la misma aumentó el consumo a niveles nunca antes vistos. Ese consumo fue instrumentado e incentivado por las políticas económicas fruto de la ideología del MAS y de su conveniencia política, principalmente a través de subsidios, crecimiento descomunal del gasto improductivo del Estado, y de un tipo de cambio que hacía barato al dólar y, por tanto, a los bienes importados.
Pero Bolivia no es, por ejemplo, otro Qatar. Qatar tiene más de 82 veces las reservas de gas de Bolivia contabilizadas al 2016 y exportó más de 12 veces lo que exportó Bolivia el 2022.
Las reservas de gas que se encontraron, sin que nada tenga que ver el MAS en su descubrimiento, si bien enormes en términos locales, no eran de una magnitud suficiente como para soportar por mucho tiempo los niveles de consumo y de gasto gubernamental que se vivieron en Bolivia hasta hace pocos años.
Una vez que la cantidad de gas exportado por la disminución en las reservas empezó a descender, así como sus precios, no había otro resultado posible que la reducción del consumo a un nivel acorde con menores ingresos.
Este ajuste ya se empezó a dar, primero, en términos de mayor costo en tiempo y dificultad para conseguir bienes imprescindibles y de todo tipo, si es que se los puede encontrar, y ahora también por mayores precios en general.
Para describir el atolladero en el que se encuentra la economía boliviana se usa con frecuencia la figura de una persona en necesidad urgente de una intervención quirúrgica. Lo que no se suele mencionar es que una operación tendrá al paciente inerme el tiempo en que esta dure, y debilitado y adolorido por el periodo de convalecencia hasta que se recupere.
Pasa lo mismo con las medidas que se deben aplicar para resolver la crisis económica que sufre el país. Establecer un tipo de cambio real del dólar y disminuir el gasto público, particularmente a través de la eliminación de subvenciones, harán que la economía se contraiga y la inflación aumente a corto plazo, aumentando la miseria de la población, hasta que se estabilicen los precios y empiece a crecer la economía.
Otras medidas necesarias, como liberar las exportaciones, especialmente de la agroindustria, de todo tipo de trabas, no surtirán efecto de inmediato. Ese es el precio de haber vivido un periodo de consumo más alto del que se podía sostener en el mediano plazo.
Lo que el Gobierno debió hacer en vez de incentivar un mayor consumo pasajero durante el auge de las materias primas, era alentar una mayor inversión privada, una inversión pública que en vez de invertir en empresas estatales invierta en infraestructura, educación y salud, todo lo cual hubiera dado lugar a un menor consumo a corto plazo, pero una mayor capacidad de crear riqueza, mayor crecimiento y por tanto un mayor consumo sostenible a mediano y largo plazo.
No se sembró esa riqueza, se la consumió sin reemplazarla, por obra y gracia del MAS que la malgastó en una combinación de ideología redistributiva y conveniencia política cortoplacista.
El resultado es un país quebrado y una oportunidad histórica perdida. Ahora no hay más remedio que afrontar la realidad de que, para salir del pozo en que nos encontramos, primero tendremos que llegar a un nuevo equilibrio macroeconómico con niveles más bajos de consumo.
El autor es economista
Columnas de CARLOS GUEVARA RODRÍGUEZ