La candidez de los buenos hombres
A pesar de todo, en Bolivia no faltan buenos hombres, irreversiblemente ingenuos, pero buenos hombres en fin de cuentas.
En su sanidad mental ven con horror cómo los gobernantes van sembrando en el terreno bombas de alta potencia para despedazar no solo al próximo Gobierno sino al país todo.
Ven que chantajean al pueblo señalando que habrá combustible solo hasta el próximo 8 de noviembre.
Ven que continúan vaciando las arcas fiscales con voracidad insaciable.
Ven el adelanto de sus juicios penales arreglados con sus propios jueces y fiscales o con el uso de chivos expiatorios.
En su candidez los buenos hombres piden a los parlamentarios recientemente elegidos que, aunque aún no estén aún en funciones, hagan algo para evitar que continúen estos atropellos de lesa patria.
Los buenos hombres no entienden que dentro de estos parlamentarios recién elegidos muchos de ellos ya ejercieron estas funciones y lo hicieron desastrosamente por incapacidad intelectual o por complicidad dolosa. ¡Nada se les puede pedir!
Los buenos hombres no se percatan de que el sistema de partidos políticos ha sido destruido con premeditación y alevosía, que en realidad no existen partidos políticos, que existen solo siglas, compradas o alquiladas por un jefe que, llegado el momento, puede quedar solo, abandonado por los practicantes del transfugio.
Han olvidado los buenos hombres que, antes, los partidos políticos estaban organizados en función de principios, más allá de meros formalismos jurídicos de inscripciones en vulgares tribunales electorales.
El ciudadano era militante de un partido por convicción, su moral y dignidad no le permitía pasar de un partido a otro y si lo hacía caía sobre él la pesada baldosa llamada transfugio y el tránsfuga era el leproso de la vida pública al que nadie quería aproximarse.
Tienen que comprender los buenos hombres que ese encuadre mezcla de principios y lealtad ha muerto, que las “bancadas” parlamentarias estarán conformadas en gran medida no por nobles militantes, sino por “diablos sueltos”, dispuestos a transar con el que más les convenga.
Habrá gente que “golondrineará” de un bando para otro velando sobre todo por sus intereses personales. La gobernabilidad no está asegurada.
Estos pedidos clamorosos de los buenos hombres se perderán en la nada, pero así sea que su grito se extinga en el desierto, prefiero estar con los buenos hombres.
El autor es jurista
Columnas de GONZALO PEÑARANDA TAIDA

















