
LA ESPADA EN LA PALABRA
Hace unas semanas, la directora de una radioemisora boliviana me confesó: “No quiero que Argentina gane porque son muy prepotentes. Pero también admito que el boliviano, en general, es muy envidioso”. Esta sentencia encierra dos verdades incómodas pero innegables.
Al cierre del primer tomo de su célebre e incómoda Historia de Bolivia, Alcides Arguedas rescataba una sentencia del escritor chileno Wálker Martínez. Corría el año 1877 y Martínez, apuntando al encierro geográfico de la patria que le debe a Bolívar su nombre, la bautizaba con un estigma de vigencia escalofriante: Bolivia era el “Tíbet de nuestro continente”.
Probablemente hasta la generación de nuestros abuelos, las imágenes y recuerdos que inspiraba el fútbol debieron ser muy diferentes a los de ahora: una cancha de tierra o cemento, un gastado balón de cuero, unos botines (que antes realmente lo eran) llenos de barro y la épica de un apasionado relato radiofónico.
Estoy vinculado con la enseñanza superior desde hace unos diez años. En este tiempo he sido testigo de transformaciones profundas en el ámbito universitario, palpables no solo en el despliegue tecnológico, sino también en las mutaciones del deseo de los jóvenes: hoy la gran interrogante ya no gira en torno a qué carrera elegir, sino en torno a la pertinencia misma de ingresar en la universidad.
Tanto el Gobierno como los sediciosos debieron confesar que, antes de ingresar en cualquier diálogo, pactarían si cumplían o no la ley porque eso fue lo que hicieron. De todas formas, no habrían revelado nada nuevo; en la historia del país altoperuano, que hoy se asoma nuevamente al abismo, la aplicación de la norma casi siempre fue canjeada por un plato de lentejas o sistemáticamente violada.
A más de 200 años de su independencia de España, Bolivia, a través de sus pocos intelectuales críticos, se sigue preguntando si su proyecto-país es viable. El cuestionamiento no nace necesariamente de la amargura, sino de la reflexión crítica en torno a un fenómeno disfuncional que pocos bolivianos se atreven a describir sin temor al escrache (manifestación popular de protesta contra una persona).
Hace poco supe de una joven que, sin padecer conflictos psicológicos aparentes, comenzó a asistir a terapia casi por inercia, como quien mata el tiempo en el cine o viendo un partido de fútbol. Una vez allí, el profesional no solo detectó supuestas patologías, sino que fomentó en ella una suerte de adicción al proceso terapéutico. Tras años de sesiones semanales y honorarios constantes, la adolescente –hoy adulta– sigue atrapada en la resolución de un problema, real o inventado, del cual no logra salir.
En lo que va de este 2026, me dediqué a releer grandes clásicos. Volver nuevamente a aquellas obras que en algún momento de la vida me llevaron al mundo fascinante de autores como Hugo, Tolstoi o Stendhal era uno de mis objetivos al finalizar el 2025.
En los últimos años, particularmente desde la pandemia de COVID-19, la vida humana se digitalizó mucho, el periodismo migró con más fuerza al mundo virtual y se lanzaron muchos programas en streaming.
Pese a su subdesarrollo, Bolivia no fue ajena a estos fenómenos, y por ende también experimentó un notable incremento de este tipo de contenidos en diferentes redes sociales, como Facebook, Instagram o TikTok.
Últimamente, se percibe en redes una cantidad significativa de psicólogos que crean contenido y ofrecen sus servicios, y están vinculados con las ideas de la nueva era; es decir, con una mezcla de creencias y prácticas espirituales que buscan el bienestar personal, además de una especie de conexión con el cosmos.

