
LA ESPADA EN LA PALABRA
Gracias a una invitación de la Fundación UNIR, pasé junto con un grupo de personas algunos días de “retiro político” en una casa de retiros ubicada en las afueras de la ciudad de Cochabamba.
En esas jornadas se hicieron varias actividades de intercambio de pareceres y posturas sobre la realidad económica, social y política de Bolivia, en las cuales afloró no solo la racionalidad, sino también, y acaso más, la catarsis emocional, como no es raro –ni malo, en tanto esté controlada– en la actividad política de todas partes.
Los primeros meses del gobierno de Rodrigo Paz Pereira están produciendo una sensación (no siempre bien justificada) de reorganización institucional y saneamiento económico.
Sin embargo, a mediano y largo plazo tal sensación puede ser negativa, ya que, como saben los politólogos y los buenos ciudadanos, la democracia debe ser vigilada y construida día a día. Pues no es un secreto que varios sectores sociales de Bolivia no abrigan ni practican valores democráticos, tales como la tolerancia frente a lo que es diferente o el debate razonado.
Durante el siglo XX Europa hizo dos viajes de ida y vuelta al infierno. Aquel continente, que se había jactado de ser el culmen de la civilización, se despeñó a la sima de la barbarie pese a haber sido cuna de la filosofía racionalista y, por tanto, de la democracia liberal. ¿Será posible que el mundo del siglo XXI se precipite hacia un abismo parecido?
La revolución tecnológica avanza y los trabajadores de la industria de la inteligencia artificial (IA), y todos en general, deberían saber que la lucha no hizo más que comenzar.
Detrás de esta tecnología todavía hay personas que se encargan de clasificar macrodatos y entrenar sistemas de IA. Pero en un futuro no lejano los entrenadores de IA podrían ser otros agentes de IA, prescindiéndose así de las capacidades humanas.
El título no se refiere a su precio simbólico, sino a su costo en dinero. Piense el lector en lo que cuesta un diputado o senador que tiene a su disposición asesores, un vehículo de alta gama con chofer y otras facilidades.
Multiplicando lo que cuesta cada uno de esos legisladores por el número de curules de cada Cámara (más los suplentes y los representantes supraestatales), tenemos que la Asamblea Legislativa, mediocre desde hace muchos años, es una institución dispendiosa.
Debes vivir muchas experiencias y viajar mucho, y hacer amigos en todos los países donde vayas. No, mejor espera tus tiempos y a la persona ideal. Aunque, es mejor tener solo un perro; ellos sí que saben amar. Estudia varios posgrados y vive en el extranjero. No, mejor quédate en tu tierra y con tu familia e invierte en inmuebles.
¿Podemos visitar París o Miami, saber que tendremos un hijo, comer sushi o ir al gimnasio, pero sin hacer alarde en Instagram?
Al parecer, no: la dopamina que se libera al presumir aquellas acciones en redes sociales nos dificulta ya no seguir buscando la atención de los demás. Hay que existir online.
Despertamos. Algunos damos las gracias a Dios por un nuevo día, otros van al retrete a hacer pipí. De todas maneras, lo que sigue es encender la pantalla del móvil, ingresar a X, TikTok, Facebook o Instagram y comenzar a deslizar hacia arriba el dedo pulgar (o el índice, en el caso de algunas personas mayores) en ese ejercicio mecánico que, en inglés, se llama scrolling.
Quizá nunca como ahora en la historia se hayan difundido más la ignorancia y la necedad. Y aquí hay otra paradoja de la historia: mientras que hoy el conocimiento circula en bibliotecas virtuales y millones de PDF de descarga libre, millones de seres humanos se dedican a ver videos estúpidos en sus teléfonos o a discutir encarnizadamente en X, Facebook o TikTok sobre temas sensibles, importantes y baladíes.
En uno de los mejores libros que leí en 2025, Biografía de la humanidad, de José Antonio Marina y Javier Rambaud, se advierte que el mundo tendrá que enfrentar tres grandes desafíos en el siglo XXI: la devastación de los ecosistemas, la tensión internacional que puede derivar en una guerra mundial y, finalmente, el aumento de la brecha entre ricos y pobres (o la concentración del dinero en pocas manos).

