
LA ESPADA EN LA PALABRA
Disfruté mucho los días de la Feria. Fue la versión en que más días asistí (seis días), ya porque tenía que dar conferencias, ya por mero disfrute. Y debo reconocer que pienso que fue la mejor edición de todas, pese a la crisis, pese al estado de ánimo de la población boliviana en general, pese a todo.
Pese al amargo bicentenario que 20 años de masismo nos obligaron a pasar. Por esto, quisiera aprovechar para enviar a la Cámara Departamental del Libro una felicitación por un evento tan bien organizado en tan difíciles circunstancias.
¿Es Bolivia un Estado inviable? La misma pregunta podía hacerse ayer, cuando el país cumplía un año de vida, en 1826… o cuando cumplía cien años, en 1925. Y en todos los años… Y como casi todas las preguntas de las ciencias sociales, esta tampoco halló una respuesta.
Si la comparamos con Alemania o Canadá, Bolivia es un remedo de Estado; si la comparamos con Yemen o la República Democrática del Congo, es un país con instituciones y hasta se diría económicamente boyante. Todo depende de con qué se comparen las cosas.
El MAS no está muerto, como muchos creen: está muriendo, que es diferente. Los proyectos populistas, hegemónicos y “revolucionarios” no mueren ni fácil ni rápidamente.
Recordemos lo que pasó con el MNR de los 50 y 60. Cuando fue gobierno tras la Revolución, se aferró al poder y hasta hizo fraude electoral para tener mayorías aplastantes en el Parlamento. Luego de su caída en 1964, se dividió en varias facciones, mucho más por rencillas personales que por desavenencias ideológicas.
Leo la biografía que de Germán Busch hizo el periodista e historiador Robert Brockmann, Dos disparos al amanecer (2016), y al hacerlo, como cuando leo cualquier buen libro de historia boliviana, noto sorprendentes analogías que parecerían haber pasado inadvertidas para este pueblo que, como hubiera dicho el bárbaro Morales (no el del Chapare, sino el del siglo XIX), carece de memoria.
Creo que era 2010 cuando, en el patio del cole, durante el recreo, un condiscípulo mío propuso al grupo de muchachos que rondábamos los 15 abriles: “Oigan: ¿y si probamos droga…?”. Fue la primera vez que escuché a alguien de mi entorno considerar la idea de consumirla, pues hasta entonces los jóvenes compañeros de mi curso habían consumido solo bebidas alcohólicas (algo, por lo demás, nada raro en jóvenes de esa edad).
No solo el Dios del Apocalipsis, también algunos pensadores del mundo antiguo como Sócrates o el moderado Aristóteles vomitarían la cara de un tibio. Antes de hacerlo, el filósofo ateniense le diría que la hipocresía es un vicio despreciable, pero con más claridad el genio de Estagira le diría que la felicidad consiste en hacer el bien. Y el bien, en ciertos contextos de tensión o miseria, consiste no precisamente en alcanzar la paz social o salvar los ecosistemas, sino solo en tomar partido por una causa.

