
LA ESPADA EN LA PALABRA
Cuando en junio de 2020 se produjo el cierre del Ministerio de Culturas y Turismo creí que de entre todos los abusos que estaba cometiendo el Gobierno de Jeanine Áñez, aquel había sido un hecho relativamente beneficioso. Ahora, pasados aproximadamente cinco años de aquel acontecimiento, pienso lo mismo.
Hace unos días, en una lluviosa madrugada de insomnio y aburrimiento, me puse a conversar con la inteligencia artificial (IA) y descubrí que ella podía tener una charla más entretenida y racional que la de muchos de mis contactos de carne y hueso. No se cansaba de mis (a veces tontas) preguntas, no se aburría de escribirme largo y detallado en cada respuesta, y además contestaba al segundo. Incluso cuando le pedí que fuera más “humana” o espontánea y no tan racional, respondió bien: con emoticones y contando chistes triviales.
La sociedad inicia el año con la expectativa puesta en eventos como el bicentenario de la independencia y la elección nacional, ambos a celebrarse en agosto de la gestión en curso, pero está prohibido olvidar el mayor desastre ecológico ocurrido en Bolivia, en el que se carbonizaron varios millones de hectáreas de bosque en el oriente (sobre todo en Santa Cruz y Beni).
El MNR, la ADN y el FRI, entre otros, son partidos políticos de los cuales no quedan más que ruinas hechas de pálidos colores y una sigla. Su tiempo ya pasó hace rato. No poseen militancia, ni propuestas en el actual debate político, ni una ideología que responda a los desafíos de la actualidad. Tampoco escuelas de cuadros que les permitan renovar sus ideas (a saber, el nacionalismo revolucionario, el nacionalismo de derechas y la izquierda revolucionaria, respectivamente), las cuales serían rotundos despropósitos si se las quisiera aplicar en la realidad actual.
Desde una perspectiva simplista, ver con nostalgia el pasado para regresar a él puede parecer conservador, y para las mentes simples seguramente sería reaccionario o “antirrevolucionario”. Pero como la historia es tan compleja, deberíamos saber que no todo lo que se realiza por la voluntad de las mayorías constituye necesariamente un hecho positivo y, por tanto, que rescatar los aspectos razonables del maldecido pasado puede ser tan progresista y liberador como ciertas conquistas sociales que se van dando por primera vez con el paso del tiempo.
El mundo de hoy avanza sin duda alguna mucho más rápido que el de nuestros abuelos y bisabuelos, y muchísimo más rápido que el de hace tres o cuatro siglos. El de hace miles de años debió ser muy lento, casi estático. Pequeñas comunidades humanas, dispersas unas de otras, debieron conformar, pues, un mundo relativamente fácil de entender, o al menos mucho más fácil de entender que el de la actualidad.
En Bolivia, como en otros países del mundo con sociedades conservadoras, el pensador que escribe para reafirmar las identidades supuestamente inmutables (y valiosas) del pueblo suele recibir muchos más aplausos que el pensador que las pone en duda o las cuestiona porque las considera más un vicio que una virtud.
Vi en TikTok un video que el economista Jaime Dunn publicó, donde trata de explicar que “todos (los bolivianos) somos liberales y no lo sabemos”, acertó con el que ya otros liberales bolivianos han tratado de captar la atención pública y persuadir al futuro electorado de 2025. En este texto me permitiré hacer una breve crítica en torno a esa idea.

