
LA ESPADA EN LA PALABRA
Maltrechas las naciones latinoamericanas y aun algunas de la Europa occidental por un socialismo impracticable y envilecido, y vencidas por su propia pesadumbre esas mismas personas que se decían socialistas, un nuevo espectro amenaza volver a caminar en esos lugares corrompidos: el fascismo.
En verdad enciendo y veo muy rara vez la televisión, pero hace poco me interesó observar una entrevista que realizaron en el canal estatal al vicepresidente boliviano Álvaro García Linera.
De tal evento periodístico, me llamó mucho la atención la manera que en que se desarrollaba la entrevista, considerada por muchos teóricos como uno de los formatos más exquisitos para obtener la información y también el más empleado para dar a conocer una realidad a los telespectadores.
Termina 2018 con una situación lamentable para el ejercicio periodístico, y no lo digo solamente por las condiciones nacionales, sino por las de toda Latinoamérica y aun por las del mundo entero.
Mala, y hasta pésima, es la calidad de educación de todas las universidades bolivianas. Si tuviésemos que catalogarlas con buen raciocinio, no hablaríamos de universidades bolivianas buenas y malas, sino más bien de no tan malas, malas y malísimas. Hace un tiempo se ha puesto de moda el hablar de rankings de universidades, y los administrativos y rectores de éstas se llenan la boca pregonando el primer o el segundo puesto obtenido por la casa de estudios superiores donde trabajan.
La pedagogía es como la filosofía o el espíritu de la enseñanza, mientras que la instrucción está en un plano más político y está referida a las formas de canalización de la enseñanza. Todo esto, tomado en conjunto, hace a la educación.
La pedagogía puede traducirse primero en el qué y después en el cómo se debe enseñar.
Lo políticamente correcto es opinar con ideas brotadas del corazón, del espíritu cultivado y de la razón entrenada; pero lo políticamente efectivo es discursear con frases pegajosas, como declamando poesía, y con opiniones que no son fruto sino de la autocomplacencia.
En el espectáculo político boliviano se ha presentado un fenómeno que bien podría ser materia de tratado de los estudiosos de la política más competentes como Norberto Bobbio y Hannah Adendt. Este fenómeno es la irrupción de las plataformas y colectivos ciudadanos en la arena de la política activa. Y a la par que el fenómeno, se está presentando de igual forma un reto. Este reto es el éxito o la efectividad que la acción de esas plataformas y colectivos pueda tener en su incursión en la política formal de un país.
Eran las 11 de la mañana del día 11 del mes 11 de 1918. En todos los frentes occidentales se oía el más atronador martilleo de obuses, cañones y fusiles. Las mujeres respiraban en paz después de muchos años y los soldados, apelotonados en sus trincheras marciales, cantaban y se enjugaban el sudor de las frentes y las lágrimas de los ojos. El conflicto, hasta ese momento quizá el más sangriento de la historia, había llegado a su fin.
Bolivia, a partir de hoy y hasta el siguiente octubre, vivirá uno de los años más agitados de su vida republicana contemporánea. Será un año eminentemente electoral. Y no nos queda otra opción que la de encarar el tiempo con ideas y energía.

