
LA ESPADA EN LA PALABRA
En lo que va de este 2026, me dediqué a releer grandes clásicos. Volver nuevamente a aquellas obras que en algún momento de la vida me llevaron al mundo fascinante de autores como Hugo, Tolstoi o Stendhal era uno de mis objetivos al finalizar el 2025.
En los últimos años, particularmente desde la pandemia de COVID-19, la vida humana se digitalizó mucho, el periodismo migró con más fuerza al mundo virtual y se lanzaron muchos programas en streaming.
Pese a su subdesarrollo, Bolivia no fue ajena a estos fenómenos, y por ende también experimentó un notable incremento de este tipo de contenidos en diferentes redes sociales, como Facebook, Instagram o TikTok.
Últimamente, se percibe en redes una cantidad significativa de psicólogos que crean contenido y ofrecen sus servicios, y están vinculados con las ideas de la nueva era; es decir, con una mezcla de creencias y prácticas espirituales que buscan el bienestar personal, además de una especie de conexión con el cosmos.
Es ingenuo pensar que hoy un niño pueda educarse, entretenerse o comunicarse sin un dispositivo electrónico en mano. De hecho, carecer de uno puede señalarlo como alguien “anormal” en su entorno social. Sin embargo, esta realidad no debería facultarnos para ignorar las consecuencias negativas de la creciente exposición de los infantes a los smartphones y ordenadores.
Quienes amamos la “ciudad maravilla” de Bolivia y sentimos su mística, no podemos no recrear en nuestra mente el sonido de los cascos de los caballos golpeando el desaparecido empedrado, la silueta de las casas y edificios de los años 1800 o 1900 o el sonido de los primeros coches, a medida que recorremos sus empinadas y estrechas calles. La Paz es un ánfora de episodios del pasado lejano, un cántaro en el que bullen torrentes de la historia nacional.
El mundo baila al borde del precipicio y coquetea con una guerra de gran envergadura. Pero Bolivia no se queda atrás: sentada sobre un barril de pólvora, se asoma a su propia guerrita intestina.
Gracias a una invitación de la Fundación UNIR, pasé junto con un grupo de personas algunos días de “retiro político” en una casa de retiros ubicada en las afueras de la ciudad de Cochabamba.
En esas jornadas se hicieron varias actividades de intercambio de pareceres y posturas sobre la realidad económica, social y política de Bolivia, en las cuales afloró no solo la racionalidad, sino también, y acaso más, la catarsis emocional, como no es raro –ni malo, en tanto esté controlada– en la actividad política de todas partes.
Los primeros meses del gobierno de Rodrigo Paz Pereira están produciendo una sensación (no siempre bien justificada) de reorganización institucional y saneamiento económico.
Sin embargo, a mediano y largo plazo tal sensación puede ser negativa, ya que, como saben los politólogos y los buenos ciudadanos, la democracia debe ser vigilada y construida día a día. Pues no es un secreto que varios sectores sociales de Bolivia no abrigan ni practican valores democráticos, tales como la tolerancia frente a lo que es diferente o el debate razonado.
Durante el siglo XX Europa hizo dos viajes de ida y vuelta al infierno. Aquel continente, que se había jactado de ser el culmen de la civilización, se despeñó a la sima de la barbarie pese a haber sido cuna de la filosofía racionalista y, por tanto, de la democracia liberal. ¿Será posible que el mundo del siglo XXI se precipite hacia un abismo parecido?
La revolución tecnológica avanza y los trabajadores de la industria de la inteligencia artificial (IA), y todos en general, deberían saber que la lucha no hizo más que comenzar.
Detrás de esta tecnología todavía hay personas que se encargan de clasificar macrodatos y entrenar sistemas de IA. Pero en un futuro no lejano los entrenadores de IA podrían ser otros agentes de IA, prescindiéndose así de las capacidades humanas.

