Cuando cierre el correo
Emergencia en Bolivia ante el cierre inminente del servicio de correos. La noticia no puede ser cierta porque el correo no se puede cerrar. Es uno de los servicios elementales de toda sociedad viviente, aunque los grandes cambios en el mundo de las comunicaciones obligan a la actualización del servicio, tal cual está ocurriendo en los cerca de 200 estados que conforman el planeta.
Algo de historia para comprender lo sucedido en Suecia, donde desde el siglo XVII el Estado conservó el monopolio hasta 1991, cuando se rompe el monopolio y se autoriza el City Mail, en 1993 se libera el transporte con Post Office, y en 1994 aparece Posten AB (sociedad anónima) hasta cuando en 1997 se comprueba la existencia de 800 operadores. ¿Qué ha sucedido entonces?
El servicio tiene dos componentes. El franqueo, cuando un sobre o un paquete se entrega al operador para que éste lo haga llegar al destino ordenado a cambio de cancelar su costo en timbres o estampillas. El reparto, tarea más compleja porque supone una infraestructura geográfica y regional, previa nominación del domicilio del usuario, un ordenamiento de calles, caminos y avenidas con su correcta numeración.
Ahora bien, el servicio continúa siendo estatal y en gran parte subvencionado, aunque hoy en día los quioscos de prensa, las estaciones de servicio, los grandes y pequeños supermercados se han convertido en virtuales oficinas postales. Vale decir, el usuario puede, en el sitio más cómodo, depositar su correspondencia. Los funcionarios de este conglomerado de lugares han recibido la instrucción pertinente sobre tarifas y la manera de prestar el servicio más eficiente. No ha sido tarea de un día, ha requerido años de desarrollo y hoy, dos décadas más tarde, funciona regularmente a satisfacción de los ciudadanos.
Los autores del gran cambio partieron del principio de ser un servicio oneroso, que demandaba ingentes recursos en personal e infraestructura, de modo que echaron gente a la calle, vendieron edificios y lo rehicieron todo al son de “la globalización”. Hoy sólo tres ciudades tienen oficinas de correos. En el resto del reino, sin locales propios, el servicio es delegado a empresas privadas que hacen funcionar el mecanismo, provocando gran competencia entre ellos en prontitud y eficiencia.
¿Que hay mejoras? Desde luego, los horarios se han ampliado, en la mayoría de los locales “el correo se mantiene abierto a la par que el negocio”. Los sitios están más próximos a los usuarios, donde regularmente acuden en busca de alimentos, de su literatura, de combustible. Los buzones tradicionales con los colores amarillo y azul están por doquier. Puntualmente, los recolectores repasan el itinerario de rutina sin descuidar región alguna, de tal modo que cubren todos los barrios, las aldeas, las ciudades.
Se concede importancia a una tradición: la entrega de la correspondencia debe cumplirse en lo posible dentro de las 24 horas. En ello se empeñan empresarios y autoridades, ya que una buena administración del correo es el motor para que funcione todo lo demás.
En conclusión: El servicio postal no puede desaparecer. Si el Estado piensa que debe ahorrarse el sueldo del personal para mejorar la calidad del servicio, debe demostrarlo primero ante las organizaciones sociales que tienen pleno derecho a exigir que no se retiren los subsidios de forma violenta.
No se debe temer que, al desaparecer Ecobol, la empresa de correos, por el momento totalmente estatal, el servicio se recorte, menos que termine con una “masacre blanca”, sino con el estudio de la reubicación de los funcionarios que tienen experiencia y capacidad en hacer marchar las cosas.
El autor es periodista
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