Devenires de Marcelo Callaú con la madera (I)
Jorge Luna Ortuño
Investigador y filósofo
No podremos volver a ver la madera de la misma manera después de las transformaciones y efectos ópticos que logró imponerle el cruceño Marcelo Callaú (Santa Cruz de la Sierra, 1946-2004) a través de sus esculturas trabajadas durante décadas de pasión creativa.
Es curioso que su afán de estudiar en Francia y después en Bélgica fuera aprender la técnica escultórica en bronce, y que se graduara en Bruselas con máxima distinción tras cuatro años de estudio, pero que al retornar a Bolivia no se dedicara a practicar esta técnica, sino a trabajar casi exclusivamente con la rica variedad de maderas que le ofrecía el oriente boliviano.
Al respecto, el escultor Juan Bustillos –uno de sus estudiantes en el Taller de Artes Visuales– explicó en una conversación con Silvia Rósza lo siguiente: “A su retorno Marcelo se enamoró completamente de la madera, se dedicó a ella, pese a que trajo equipos de Europa para montar un taller donde pudiera realizar la técnica en bronce, y estuvo montando ese espacio lentamente, pero la vida no le alcanzó, se fue antes de lograrlo. Yo he podido ver sólo un trabajo tallado en bronce por Marcelo y era espectacular”. (Organizado por AECID, jueves 1 de octubre 2020).
Toda la obra de Marcelo Callaú está atravesada por un devenir doble, que sucedía entre el tallado que hacía de los materiales para verse a su vez él mismo tallado por esos procesos en los que se veía envuelto. El hombre y la madera atravesaban transformaciones duplas paralelas. No se provocan transformaciones sin dejar uno mismo de ser lo que se era; hablamos de umbrales y de intensidades, de grados de sensibilidad.
Callaú fue desde muy joven eso que en inglés se denomina “selfdrived”, es decir, se motivaba y enfocaba a sí mismo, al menos ciertas historias que relató de su vida hacen ver que sabía lo que quería. Se cuenta que uno de sus primeros torsos tallados en madera, cuando aún tenían edad escolar, fue admirado por un visitante alemán, que le ofreció comprárselo. Callaú respondió que aceptaba, pero no quería dinero sino más bien un libro de arte. Así pues, ese libro resultó ser uno de Marina Núñez del Prado (La Paz, 1908 – Lima, 1995), fabulosa talladora de personajes del mundo andino y las relaciones del paisaje con el ser humano.
Así ingresó Marina en el mundo de Callaú; sería después que se conocerían en persona en La Paz con motivo de una exposición de obras en la que participó Callaú en el Salón Municipal. Esta amistad debió haber sido del tipo mentor y discípulo, de un modo generoso y desinteresado. Impulsándolo a irse a Europa a seguir sus estudios, Marina le entregó una carta dirigida a su amiga, la artista chilena Martha Colving, pidiéndole que lo orientará y presentará en París, Francia cuando la visitara. Callaú se fue a París en septiembre de 1967, gracias al apoyo de un empresario local, primero, y de sus padres luego para quedarse. Martha Colving era estudiante del escultor inglés Henry Moore. Fue a partir de este encuentro que Callaú desarrolló su interés por lo abstracto y particularmente la geometría. Pero pronto llegaron las revueltas estudiantiles de Mayo de 1968, se cerraron las escuelas y universidades. Marcelo decidió irse a visitar a sus amigos en Bruselas, Bélgica. Pero esa será otra historia para una próxima entrega.























