El pensamiento "woke" y su aterrizaje en Bolivia

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 02/10/2025

En estos tiempos de urgencias democráticas y de lucha constante por ser librepensante, ya no interesa si eres de derecha o de izquierda o, como sostenía José Ortega y Gasset: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral”. 

Las dos opciones, desde luego, traen la misma concepción original de la estupidez. La historia lo demuestra y los nefastos personajes que lo llevaron y aún llevan a cabo lo refrendan con sobrado descaro. 

No debe dejar de preocuparnos la macabra intromisión del Estado en nuestras vidas que diariamente se ven desgastadas por su rol acaparador, corrupto (r) e inoperante. Único criminal del siglo XX y XXI que compra conciencias: las regala, las soborna, las corrompe y las rifa. 

Hay pues, un afán maquiavélico del aparato estatal político de querer destrozar la integridad, los derechos y la dignidad de la sociedad civil en pro de una imposición monolítica, valiéndose del poder que le otorga el monstruo del Estado. 

Pero no sólo el poder político reflejado en el Estado acaparador difunde la cultura woke, también un puñado de multimillonarios que son capaces de comprarse el planeta, en desmedro de un mundo en el que la pobreza y la miseria son insultantes y, desde luego, activistas y movimientos sociales de moda que transitoriamente van cambiando su discurso y su forma de acondicionar a la sociedad. 

En los últimos años, hemos visto un surgimiento creciente de un fenómeno llamado woke. Esta corriente política, que se ha vuelto especialmente popular entre los jóvenes, pero también en políticos de larga data y magnates aburridos, aboga por una serie de causas “progresistas” y se caracteriza por su enfoque en la justicia social y la igualdad de género, raza y clase. 

El pensamiento woke busca desafiar y cambiar las estructuras e ideas tradicionales de poder y dominación en la sociedad. Sus seguidores creen que la opresión y la desigualdad están arraigadas en los sistemas políticos y económicos, y buscan cambiarlos a través de las protestas. 

Esto, sin duda, tiene una doble lectura taxativa y altamente colonial: o estás con las premisas ideológicas y aceptas sus métodos y sus luchas sociales, o eres un racista de mierda, un excluyente, un marginador y un antihumano. 

Aquí yace el centro del debate y la polémica. No importa si eres un liberal, un escéptico o un antisistema, la cultura woke te pondrá en tu lugar de derecha a izquierda, o viceversa, a través de la cancelación, de la exhibición y la denuncia pública. 

¡Aclaro! No insinúo que la defensa del medioambiente, la exclusión, el racismo, las asimetrías sean espejismos. De hecho, para el pensamiento woke, lo son, es decir, sólo ven el panorama de lejos, son incapaces de aproximarse, analizar y proponer soluciones efectivas o alternativas. Es decir, demandan injusticias, sí, pero son incapaces de proponer soluciones que transformen esos espacios injustos, en justicia.  

Sostengo que la cultura woke, está sazonado con poderosos ingredientes e intereses políticos, económicos y culturales. 

Cuando un político viene a la mesa de uno y comienza a hablar de ética, de moral, de honestidad y de transparencia, cuando se va, hay que contar los cubiertos. Decía Carlitos Menem.

¿Una de las principales características del pensamiento woke es su enfoque en la justicia social? 

Veamos con qué se come esto.

El surgimiento de movimientos sociales woke en distintas regiones del mundo, toman prestado problemas políticos, culturales y sociales, para justificar, a través de actitudes beligerantes y confrontacionales, una “lucha en pos de la justicia y la igualdad”. 

Entre feministas, medioambientalistas, antirracistas y subnormales que reclaman un lenguaje inclusivo, hay una imagen contemplativa y trágica que sólo mira, raya muros y pinta grafitis.  Mientras les importa un carajo la verdadera inclusión de personas ciegas, niños especiales, adultos mayores, asesinatos, los 43 de Ayotzinapa, mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, latinos discriminados y asesinados, hambre, pobreza, migración, indigencia, desnutrición, desplazados, tráfico de órganos, tráfico de niños y mujeres, injusticia y corrupción. Aquí o en las antípodas, es hipocresía y doble moral. 

En este mundo de asimetrías y de contradicciones, donde los billonarios de Estados Unidos, China o India son capaces de comprar medio planeta, todavía es una realidad la muerte por dengue, tuberculosis, cáncer, Sida o hambre. 

En Bolivia, el pensamiento woke ha ingresado como un discurso global que promueve la sensibilidad hacia las injusticias sociales, la igualdad de género, la diversidad sexual y la defensa de minorías. Sin embargo, al mismo tiempo que abre debates necesarios, también genera efectos negativos que conviene analizar, especialmente en un país cuya realidad histórica y social no siempre se ajusta a los marcos conceptuales importados desde el Norte global.

Uno de los principales problemas del pensamiento woke en Bolivia es su tendencia a trasladar debates externos sin una adecuada traducción cultural. Conceptos como "cancel culture", privilegios blancoides o interseccionalidad se aplican de manera acrítica, sin considerar que Bolivia tiene una historia marcada por la colonización, el mestizaje y la movilidad social distinta a la de Estados Unidos o Europa.

En lugar de reforzar luchas locales como la redistribución de tierras, la justicia comunitaria o la soberanía sobre los recursos naturales, muchos colectivos urbanos reproducen marcos discursivos que poco dialogan con el campesino, el obrero o el indígena de base.

El pensamiento woke en Bolivia ha generado divisiones en movimientos sociales que antes compartían banderas comunes. Por ejemplo, sectores feministas se enfrentan entre sí por enfoques “radicales” versus “interseccionales”.

En redes sociales ya se observan dinámicas de “linchamiento digital” propias de la cultura de la cancelación. Figuras públicas, artistas o académicos que expresan opiniones contrarias a ciertas corrientes woke son señalados como “machistas”, “homofóbicos” o “coloniales”, sin espacio para la discusión argumentada.

Esto produce un efecto inhibidor en el debate democrático, pues muchos optan por el silencio antes que arriesgarse a ser estigmatizados. En un país con cierta tradición de libre expresión política y cultural, la censura moral se convierte en un nuevo tipo de autoritarismo social.

Mientras en espacios urbanos universitarios se discuten identidades de género y teorías poscoloniales, la mayoría de la población boliviana enfrenta problemas concretos: pobreza, desempleo, inseguridad, crisis ambiental, criminalidad, narcotráfico y corrupción.

La sobrerrepresentación de lo woke en redes sociales crea una imagen distorsionada, como si esas luchas fueran las más urgentes para el país, cuando en realidad para la mayoría siguen siendo prioritarios temas estructurales de justicia social y desarrollo económico, con un propósito mucho más pragmático que teórico y retórico, como lo son los “woquistas folclóricos”.

El pensamiento woke se va convirtiendo de apoco en una forma de colonialismo, es decir, o asumes sus presupuestos ideológicos y aceptas sus métodos de “lucha y de confrontación”, o eres un maldito cómplice de la depredación, racismo, patriarcado y misoginia. 

Reitero, no es que esas problemáticas no sean reales y necesarias de debatirlas, es que la forma, absolutamente ligera, de cómo están siendo llevadas adelante, están creando otros conflictos mucho más complejos, ya no de sistemas, modelos sociales o políticos, sino de convivencia social integral y cultural. 

La amistad, el amor, la honestidad, la verdad, la ética, la equidad y la justicia, están siendo desvirtuados por movimientos y activistas que han creado cierto poder social y político. La estúpida y absurda defensa del lenguaje inclusivo ha sido motivo de debates y de una atención infravalorada. Mientras tanto, la verdadera inclusión social jamás se asoma a un debate serio, integral y justo de parte de gobiernos y de agrupaciones sociales.     

El autor es comunicador social

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