No cesó su servil condición
Lejos de haber cesado, tal condición encuentra más bien uno de sus mayores apogeos en los últimos decenios. Parece darse algún tipo de obvia regla sociológica: cuanto mayor la servilidad de los serviles, tanto más grande el poder del poderoso. Un caso de perfecto bucle retroactivo. Y tal regla se cumple aquí impecablemente: el presidente más caro y verborreico de la historia, conocido por dilapidar fabulosas sumas delirantes en proyectos a cual más inútil y espantoso, va creando a su paso belicosos bolsones de servidumbre o servilismo. Entre vuelo y vuelo, promueve, premia y exige la servil condición. Se forman y reciben súbditos, no ciudadanos que piensen ni que reclamen ni opinen ni critiquen. Así vemos con frecuencia, por ejemplo, a Álvaro García, en tours de promoción del servilismo, yendo por escuelas y por campos, fuertemente aquejado de mitomanía y en repartija de guiños y amenazas. O nos apoyan como un solo hombre o se acabaron aquí las obras, pronuncia con zalamero desdén, velado desprecio. Nunca antes se había escuchado proferir amenazas de forma tan desagradablemente melosa. Palos envueltos en pringosos caramelos. Pues todo tiene aquí su doblez de intimidación y de violencia latente, incluso detrás de la palabra hermano han camuflado un arsenal. Eso es vilipendiar lenguaje y palabra hasta un extremo que no dejará de tener nefastas consecuencias en la realidad.
Pero decíamos que el himno patrio se había apresurado en proclamar el verso de que “ya cesó su servil condición”, refiriéndose a “este suelo”, es decir, a quienes se paran en él y lo habitan. Idealmente serían los ciudadanos, en el más pleno sentido de la palabra, en el sentido precisamente hoy bajo amenaza y que pretenden trocar por el de servidumbre. Servidumbre política, emocional, forzada y también expresada, faltaba más, en violentos grupos de choque y pandillaje político. Es que se ven obligados, cómo no, a defender la distribución ya realizada de beneficios, botines y comisiones y dejar que dure como está. El cargo o trabajo en la función pública, como se sabe ya hace rato, ha perdido cualquier correlación que antes tuviera, aunque poca, con la capacidad (o mínima idoneidad) de la persona. Y, como justamente eso es lo de menos, lo de más en cambio y únicamente es el grado de adhesión, es decir, el de servilismo y servidumbre. Ya no se trata de que nadie haga bien su trabajo en la cosa pública sino de que esté ahí, poniendo fervorosamente el hombro… al “proceso de cambio” y sin pretender que cese su servil condición. Eso vale en todos los ámbitos, campos y ciudades, sindicatos y cuarteles, donde quiera que se haya impuesto o asumido, de mil amores, la condición de súbdito servil antes que la de libre ciudadano. En el último referendo la mayoría (en crecimiento) de la ciudadanía ya dijo claramente qué opción quería. Pero eso les importa un comino, así como nunca le importaron tales cosas a ningún tirano hecho y derecho.
El autor es escritor.
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.
















