De Tomonoco a Medellín y la tradición de “meterle nomás”
Hace 41 años, decenas de familias bolivianas pasaron exactamente por el mismo suplicio y frustración que están atravesando en estos días las de 71 personas que acaban de morir en el vuelo de la línea área LaMia, que debió cubrir el trayecto Santa Cruz-Medellín.
Nuevamente, miles de personas conmocionadas y perplejas ante un supuesto “accidente” de aviación. Pero, ¿estos dos casos específicos merecen ser llamados así?
En la tragedia de Tomonoco de 1975, una aeronave Convair CV-440, del TAM, con 67 personas a bordo, se estrelló contra el cerro Colorado, en una región boscosa de Alto Beni, a 170 kilómetros de la ciudad de La Paz, matando a todos sus ocupantes, a consecuencia de una cadena de errores que nunca debió existir. Todo originado en una irresponsable decisión de parte del piloto y de sus supervisores, y de la tentación boliviana de “meterle nomás”.
Era de madrugada, había poca visibilidad, el avión iba con sobrepeso y, al parecer, presión de parte de los pasajeros para decolar. Encima de eso, no se respetó un protocolo de seguridad y el avión, a poco de despegar, chocó.
En una situación nefasta similar, hace pocos días, el 28 de noviembre, tras la caída del avión Avro RJ85 de la cuestionada aerolínea LaMia, salió nuevamente a relucir este mismo rasgo de los bolivianos. Un piloto que cree poder llegar a su destino con el combustible justo, que se resiste a cumplir un protocolo, que infringe la norma porque piensa egoístamente que, una vez más, podrá engañar al destino y ahorrar unos cientos de dólares. Y choca contra otro cerro, El Gordo, segando la vida de decenas de seres humanos.
Las similitudes prosiguen, porque en ambos casos los aviones eran tripulados por pilotos militares que tienen parte de su formación basada en el ser “macho”, en eludir la norma, pensar que todo lo pueden, incluso viajar con menos combustible del necesario.
Todo se basa, pues, en la irresponsabilidad, el egoísmo, no importismo, la falta de escrúpulos, el no apego a la norma y la ley, el nepotismo, el amiguismo y el “meterle nomás”, que ya tantas facturas caras le ha cobrado al país.
Sin embargo, cuando este reciente hecho nos golpea y shockea, no debemos olvidar que ese tipo de situaciones se vive en Bolivia en diversas maneras, todos los días y desde siempre: en los miles de accidentes carreteros por buses en mal estado, por choferes ebrios, por exceso de velocidad. Pueden ser flotas con llantas gastadas o frenos sin revisar, “surubíes” que se accidentan a cada rato, minibuses sin revisión técnica adecuada o los viejos micros de La Paz, que siguen rodando pese a sus décadas de antigüedad. Pero también se viven en el trato inhumano que se recibe del sistema público de salud y en tantos aspectos diarios de nuestras vidas. Y, obviamente, ese amiguismo e irresponsabilidad también se ve reflejado en que un tercio de los paceños sufre hoy un severo racionamiento de agua.
Y todo queda en la nada. ¿Hasta cuándo hay que esperar para que finalmente se castigue a los verdaderos responsables de estas desgracias que erróneamente se les llaman “accidentes”?
Hace 41 años, en el caso de Tomonoco todo quedó en el limbo. Como la tragedia ocurrió en un periodo de dictadura, las investigaciones nunca avanzaron. Las Fuerzas Armadas entregaron raudamente ataúdes clavados a los deudos, asegurando que los fallecidos estaban dentro y se hizo un rápido y colectivo entierro. El Estado hizo un pago irrisorio equivalente a 1.000 dólares por familia, como una humillante compensación a los dolientes. En el caso específico de mi familia, que perdió en Tomonoco a mi padre, mi hermano, un tío y un primo, fui yo quien, 40 años más tarde, traté de indagar qué realmente había ocasionado el luctuoso hecho, encontrando algunas hipótesis. Nunca hubo un informe oficial creíble.
Hoy, con la desazón que me ha vuelto a invadir por lo ocurrido en Colombia, por su semejanza con el drama de 1975, abrigo la esperanza de que esta vez alguien, ahora sí, busque justicia. Y no confío en la justicia boliviana que, hoy por hoy, no vale nada por estar manejada por el régimen, sino en la de los otros países afectados, que espero esclarezcan lo ocurrido, investiguen a fondo y sienten precedentes para que, ojalá, nunca más “le metamos nomás”.
La autora es comunicadora social.
Columnas de FÁTIMA MOLINA C.

















