20 de marzo: El día que decidí no morir en el intento
Hay fechas que no se escriben en el calendario, sino en la piel. El decreto supremo 4196 del 18 de marzo de 2020 dispuso la cuarentena nacional en Bolivia, y fue el inicio de un confinamiento que nos obligaba a habitar el encierro las 24 horas del día. Para muchos, fue el inicio del silencio; para mí, fue el rugido de un motor que marcaba el inicio de una reconstrucción que hoy, seis años después, sigo esculpiendo.
Aquella fecha, mientras el país se guardaba con temor, yo tomaba una decisión visceral. Cargué a mi perro Leónidas, una maleta y la urgencia de volver al origen. Pedí permiso a mis superiores en Entel y emprendí un viaje de más de 6,600 kilómetros. Dejaba atrás 18 años inquebrantables de residencia en La Paz, una ciudad que me dio notoriedad y equilibrio, pero que en ese momento de incertidumbre global, palidecía ante el olor a comida de mamá, el patio de la infancia y el abrazo de la familia en mi natal Cochabamba.
Recuerdo la carretera como una metáfora de la vida: pasaba una tranca y esta se cerraba a mis espaldas, sellando el camino de retorno. Fue una huida hacia la vida, mientras el mundo contaba bajas. No puedo olvidar a los colegas periodistas que perdieron la batalla; y se reportaban miles de muertes en el mundo, y Bolivia no era la excepción.
Pero el virus no fue la única amenaza. Mi rol como periodista y mi ética innegociable me llevaron a denunciar, en 2019, el uso de espacios públicos del Ministerio de Salud para hostigar manifestantes. Esa coherencia tuvo un costo. Cuando el gobierno de Luis Arce retomó el poder en noviembre de ese 2020, aquellos que alguna vez me llamaron colega se comportaron como inquisidores. Fui sentada en un "banquillo de acusados", sometida a interrogatorios absurdos sobre mi gestión en Entel, buscando rastros de corrupción que jamás existieron. Asqueada por la mezquindad política, presenté mi renuncia y volví a Cochabamba a reinventarme.
Hoy, ese ciclo de hostigamiento y polarización parecería estar cerrando sus heridas más profundas. Los resultados en las urnas del año pasado, que llevaron a Rodrigo Paz a la presidencia, no fueron solo un cambio de nombre, sino el veredicto final sobre 20 años de hegemonía del MAS. Con una sociedad boliviana, agotada de un modelo que terminó devorado por sus propias contradicciones, decidida a girar el volante.
Este nuevo ciclo nos obliga a cambiar nuestra visión de país: ya no somos los mismos de 2020. Aunque nuestros actores políticos sigan arrastrando viejas mañas, la lección de estos seis años es que el ciudadano recuperó la capacidad de apostar por nuevos caminos.
Al igual que yo en aquella carretera solitaria, Bolivia sigue decidiendo que su dignidad no es negociable. Hoy, 22 de marzo de 2026, frente a una nueva jornada electoral, renuevo mi voto por la vida y por la libertad de seguir construyendo un espacio donde la verdad no sea motivo de persecución, sino el cimiento de nuestro futuro.
Columnas de Miroslava Fernandez

















