“Día de la Madre Tierra”
Bolivia ha pasado a ocupar un lugar muy destacado en la lista de países que con mayor decisión ha optado por privilegiar la explotación de la naturaleza aún a costa de infligir grandes daños al equilibrio ecológico y social
Hace 47 años, el 22 de abril de 1970, un senador estadounidense tuvo la audaz iniciativa de convocar a todas las personas identificadas con la lucha en defensa del medio ambiente en una ola de manifestaciones. Fue tan buena la recepción que tuvo el llamado, que fueron más de 20 millones quienes de un extremo a otro de ese país tomaron las calles, parques y auditorios para hacer demostraciones por un medio ambiente saludable y sustentable.
A partir de esa histórica jornada, el 22 de abril pasó a simbolizar, en EEUU primero, en Europa después y en todo el planeta actualmente, el punto de convergencia en el calendario donde se aglutinan las voces y voluntades de quienes consideran que el futuro de nuestra especie humana depende en gran medida de que las generaciones del presente sean capaces de limitar su voracidad explotadora de la naturaleza y al tomar sus decisiones tengan en cuenta las necesidades de las que nos sucederán.
Ahora, 57 años después del primer Día de la Tierra, no resulta fácil hacer una evaluación sobre los éxitos y fracasos acumulados por esta causa. Es que si bien es indudable que con cada año que pasa aumenta a escala mundial la conciencia, especialmente entre los jóvenes, sobre la fragilidad del lugar que ocupa nuestra especie en el entorno planetario, no es menos cierto que esa mejor comprensión no logra plasmarse en políticas públicas que estén a la altura de los desafíos.
Nuestro país, lamentablemente, es una de las mejores muestras de los extremos a los que puede llegar esa paradójica relación entre los buenos deseos y propósitos en contraste con los hechos prácticos.
Hasta hace algunos años Bolivia era vista como uno de los países más aptos para asumir un lugar de vanguardia a escala planetaria en la adopción de políticas públicas para sustituir las fórmulas económicas basadas en la sobreexplotación de los recursos naturales y cambiar las pautas de comportamiento colectivo a fin de entablar relaciones más armoniosas entre la humanidad y el planeta que nos acoge. A tal punto, que fue precisamente a instancias de la diplomacia boliviana que en la Organización de Naciones Unidas (ONU) se aprobó una resolución especial mediante la que se incorporó el término “Madre”, porque traduce el concepto andino de Pachamama, a la conmemoración del Día Internacional de la Tierra.
Si se tuviera que juzgar a nuestro país y a su Gobierno por sus palabras la imagen positiva que desde hace algunos años se proyecta hacia el exterior estaría justificada. Pero, si se fijara la atención en los hechos, el resultado sería diametralmente opuesto. Es que Bolivia ha pasado a ocupar un lugar muy destacado en la lista de países que con mayor decisión ha optado por privilegiar la explotación de la naturaleza, a través del extractivismo, aún a costa de infligir grandes daños al equilibrio ecológico y social.
Esta contradicción no puede ni debe prolongarse indefinidamente. Y no, como se arguye despectivamente desde las elites gubernamentales porque Bolivia deba ser “guardabosques del planeta”, sino porque de ello depende, como lo podemos constatar a diario, el bienestar de las actuales y de las futuras generaciones.