Familia
Hay una idea muy popular que equipara la selección natural con la victoria del más fuerte. Es, por supuesto, una idea equivocada: la selección natural no se trata de fuerza, sino de sexo y reproducción. Se trata de la herencia de rasgos sutiles, en combinaciones únicas pero con origen compartido, que se acumulan en las generaciones para hacer que cada especie se diferencie. Y esto es importante: la evolución no es un fenómeno personal o individual, sino colectivo, acumulativo y familiar. Por eso uno de los mecanismos más importantes es la selección de parentesco.
Mientras que en la visión de la selección natural clásica se piensa que se conservará una característica que haga que un individuo esté más adecuado para sobrevivir en un entorno determinado, en la selección por parentesco se resalta que a veces un rasgo puede ser poco adecuado para que un individuo sobreviva, pero muy adecuado para que sí lo hagan los parientes y entorno cercano. Un ejemplo de este mecanismo es el cuidado que se pone, llegando al sacrificio de la propia vida, por los hijos.
Podemos ir contra este instinto. Podemos, claro que sí, tomar la decisión de alejarnos de nuestros seres amados, pero el costo emocional es grande. Aunque nos alejemos de nuestra parentela, quedamos conectados de una forma emocional como no sucede con otras personas: tendemos a sentirnos responsables de nuestros primos o sobrinos y no sentimos lo mismo por otros niños. Este mecanismo se va volviendo menos intenso a medida que los parientes se hacen más lejanos, haciendo que desconfiemos de desconocidos, extranjeros o miembros de otros clanes: tendemos a sobreproteger a “los nuestros” y agredir o no ver a “los otros”.
No se trata de un mecanismo únicamente humano. Si bien se encuentra en muchas especies, es más fuerte en aquellas con un mayor tiempo de maduración de la cría o en aquellas donde ambos padres están implicados en asegurar el futuro de los hijos. Podemos ver un comportamiento similar en los grandes simios, como chimpancés o bonobos.
El mecanismo se ha sofisticado con el tiempo, sobre todo en los humanos: no solo nos ocupamos de nuestros parientes, nuestra descendencia; sino que nos pre-ocupamos: queremos que sean felices, que se hagan fuertes y que más adelante puedan dejar su espacio seguro. Mitos y leyendas se nutren también de este instinto.
En el fondo, tenemos mucho en común con otros animales. Somos humanos, sí, pero también somos primates, que nutren a sus pequeños y los protegen de los peligros. Somos hijos de hijos, en una cadena que lleva a una luz primigenia, una luz amorosa.
La autora es escritora.
Columnas de CECILIA DE MARCHI MOYANO