La dimensión de lo invisible
Que las personas vienen en diferentes tamaños es una obviedad. Basta mirar a nuestros parientes estrechos, grandes amigos o personas en la calle para notar que hay diferencias de talla. De rato en rato encontramos gigantes o enanos. La talla grande puede ser una ventaja en algunos campos, así en ciertos deportes como el básquet. Pero una persona excepcionalmente alta lo que tendrá es problemas: tendrá mayor dificultad para moverse, encontrar ropa y muebles adecuados, se le dificultará usar autobuses, integrarse al trabajo y, quizás más importante, tenderá a tener problemas cardíacos por el esfuerzo extra que hace el corazón para que la sangre circule. Necesitará un continuo apoyo de especialistas para poder tener una mejor calidad de vida.
Es fácil ver esto cuando se trata de algo tan evidente como la talla. Pero ¿qué parámetros usar para entender cuál es la “talla” de nuestra mente? Es difícil saberlo: es invisible. En algunos casos, el campo interior formado por pensamientos, comportamientos, identidad, memoria e interacciones con el exterior pueden sufrir alteraciones y dar lugar, en principio, a talentos excepcionales; pero en otros casos, en los más extremos, a necesitar un soporte, un apoyo de especialistas para poder tener una mejor calidad de vida –o una vida.
Tendemos a pensar que el cerebro es infinitamente maleable y que los comportamientos son aprendidos: según esta visión, la familia y la escuela tratarían de hacernos “normales”, penalizando comportamientos anómalos. Pensar diferente (en grande o en pequeño) sería, entonces, un acto de rebeldía contra una imposición: no se trataría de un trastorno mental sino de una lucha contra una sociedad opresora. Hay una estigmatización del mismo médico psiquiatra, viéndolo como un torturador que encierra a quienes son distintos. Esa idea equivocada de la flexibilidad mental lleva a pensar que un trastorno mental es un estigma, algo malo, como si la persona que lo sufre fuera responsable de su sufrimiento, una suerte de paria que no es capaz de resolver sus problemas. Así, bastaría que cambie de actitud y mágicamente todos sus problemas desaparecerían. Solo hay que intentarlo más veces y con más voluntad, recibir una educación más férrea, una cuestión de disciplina…
Pero la evidencia señala que nuestro comportamiento tiene que ver con la biología. En muchos trastornos se ha encontrado que la forma del cerebro, el tipo de conexiones, la estructura de sus diferentes capas, pueden crear una lectura peculiar del mundo y causar comportamientos extremadamente problemáticos. Por otro lado, no todo pensamiento divergente resulta en una mejor vida ni para quien lo tiene ni para quien está cerca, pudiendo crear desequilibrios graves en la persona y en el grupo de pertenencia.
En Bolivia vamos con retraso en temas de salud: tenemos pocos hospitales, equipamiento anacrónico y escaso, pocos especialistas, un sistema burocrático engorroso que no parece estar centrado en el paciente sino en la fotocopia legalizada. No se tiene un diálogo entre tecnología, ingeniería, investigación y los centros de salud locales. En ese contexto, la salud mental es inexistente: seguimos pensando en la asistencia psiquiátrica solo como centros de internación donde los pacientes más graves quedan confinados de por vida.
Quitar a los pacientes mentales la posibilidad de tener una vida, ser productivos, tener relaciones con los demás, no solo es contraproducente para las personas diagnosticadas sino también para quienes no lo están, ya que eso lleva a que quienes necesitan ayuda no la busquen ni la encuentren, dejándolos vulnerables y sin protección. Y a que todos perdamos la posibilidad de tener cerca amigos, parientes y visiones diferentes que pueden enriquecernos, proponiendo soluciones distintas para los temas pendientes del país.
La mente es invisible, pero la salud mental no tiene por qué serlo.
La autora es escritora
Columnas de CECILIA DE MARCHI MOYANO
















