In Memoriam Jorge Rocha Barrenechea
El ingeniero Jorge Rocha ya goza del sol de los dormidos. Su presencia se ha desvanecido en la indiferencia del silencio y la resignación. Compartí muchos momentos con él cuando las palabras aún poseían el peso de lo esencial. Que otros —en este tiempo caótico y efímero— glosen sus méritos académicos: su paso fecundo por las aulas de Economía descifrando la arquitectura de las matemáticas, su liderazgo como jefe de carrera y su impronta imborrable en el decanato de la Facultad de Ciencias y Tecnología. Yo me resigno a compartir mi pena para no sentirme tan triste.
Bajo aquel gesto adusto que imponía respeto inmediato y hasta temor en sus estudiantes, latía —para quienes sabían mirar más allá de la superficie— una bondad escondida; un corazón que medía la grandeza de sus alumnos no por el miedo que inspiraba, sino por la confianza que sembraba. Fue él, con esa mirada escrutadora y benévola, quien un lejano día confió en mí y me contrató como docente de Estadística y Probabilidad Matemática en la carrera de ingeniería. No contrataba solo a un profesor; abría una puerta, tendía un puente hacia el porvenir intelectual de los jóvenes profesionales.
Recuerdo que, después de un semestre de beneficiarme de sus enseñanzas, y antes de partir a completar una maestría en economía en The Pennsylvania State University, me llamó a su despacho y me dijo que esperaba mi retorno para continuar mis labores docentes: era la mejor de las despedidas. No lo volví a ver por muchos años. Mis visitas a Cochabamba no me permitían ver y frecuentar a personas fuera de mi círculo íntimo y familiar. Pero, hace un poco más de una década, me encontré con él casualmente en la Avenida Ayacucho. A partir de entonces nos veíamos anualmente un par de veces para pasear juntos en la Plazuela Cobija. Me admiraba su sensibilidad y sus deseos de leer mis ensayos y libros. El ingeniero Rocha —privilegio y gratitud— fue uno de mis infatigables lectores. Es más, él y el doctor Augusto Villarroel, ex decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor de San Simón, me sugirieron que publicara una colección de mis ensayos literarios que cuajó en el libro Intertextualidad, máscaras y otros misterios. Ensayos sobre literatura hispanoamericana (Kipus, 2024). Me apena profundamente que ya no pueda leer mi edición crítica de La niña de sus ojos ni Kochaj-Pampa. Crónicas de lo insólito —donde él mismo es mencionado—, obras a ser publicadas próximamente por Kipus y Plural, respectivamente.
Estoy seguro de que la lectura y la reflexión avivan aún su llama en alguna dimensión intangible. Pero la tristeza persiste, y consuela levemente pensar, con los poetas, que los seres extraordinarios no mueren del todo; somos los vivos quienes caminamos como sombras en su ausencia.
Don Jorge poseía esa nobleza antigua de los hombres rectos. No hay palabras para saldar mis deudas con él. Me honró con su magisterio, con su confianza y con su afecto. Y en la memoria colectiva de quienes pasaron por sus aulas resonarán sus exigencias, porque él nos enseñó que la vida, al igual que las matemáticas, no tolera aproximaciones mezquinas sino verdades exactas. En lo personal, recordaré siempre, con una mezcla de entrañable sonrisa y respeto, aquella forma tan suya de llamarme “doctor” sin importarle mis protestas de exalumno.
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El autor es economista y filósofo
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA





















