Picante de lengua en La Casa del Camba
Una amiga cruceña hace unos años (cuando la medicina en Bolivia era solo precaria y todavía no gozaba de tecnología avanzada) me hizo notar que los cruceños o benianos viajaban a Sao Paulo y no a Santiago (como lo hacen algunos paceños) a que los atendieran de males médicos, por un obvio conocimiento del ecosistema regional, más que por una elección según el ranking latinoamericano de los mejores hospitales: en la clínica chilena Las Condes, por ejemplo, los doctores difícilmente entenderían al paciente aquejado con pitaí o chikungunya…
Antes de caer en cuenta de que hasta en las enfermedades este país parece estar dividido en tres estados federales (el altiplánico, el valluno y el amazónico), sufrí una especie de choque cultural que en el fondo me avergonzó. En un viaje al Madidi (que terminó en naufragio, pero esa es otra historia) hicimos una escala en la casa familiar del guardaparques que nos guiaría durante el paseo fluvial, en San Buenaventura. Recuerdo con la cabeza gacha esa mesa de desayuno repleta de alimentos y líquidos para mí extraños: rellenos de tripa, masaco, pan batido y jugos de copoazú, camu-camu y majo.
Pedro Portugal, a propósito de una disertación reciente de Quya Reyna en un foro paceño, escribe su columna sobre la percepción de esta investigadora y escritora alteña de los comportamientos de la inmigración de gente del occidente en Santa Cruz. Reyna, según comenta Portugal, advierte que estos inmigrantes, “en su gran mayoría de origen indígena quechua y aymara, no exhiben obcecaciones identitarias, sino que se caracterizan más bien por su esfuerzo para insertarse en el marco social y cultural cruceño (…)”.
Me cuelgo de ese párrafo –aunque el artículo completo, junto con lo que deduzco expuso Quya, es una especie de ensayo sobre la inmigración “interdepartamental”– porque escribo este artículo desde un hotel en Santa Cruz de la Sierra, en un momento particularmente cultural.
Por una generosa acogida del rector de la Universidad Católica y amigo, Óscar Ortiz, vine a presentar mi libro a esta verde ciudad (La Paz, entre los ladrillos y los cerros, es más bien terracota). El editor y yo éramos los únicos “forasteros” en la testera y casi en todo el auditorio.
Allí reencontré cercanos excompañeros del colegio de Sucre, ya completamente afincados en esta parte, y otros con los que cursé un diplomado, dictado por la Universidad Privada de Santa Cruz, en el que antes que una colla, era yo una camarada más. Se palpaba en ese espacio de la Universidad Católica (que en su versión occidental fue mi alma mater) –en cada rincón y a cada segundo– la confianza mutua y la aprehensión común de lo que ahí sucedía.
Lo que esa noche se mostraba no era un libro paceño, era un libro boliviano; cuya editorial y librerías que lo ofrecen, están igual allá que acá. Cuyos lectores lo hojearán a partir de un mismo inicio. Sin exhibir obcecaciones identitarias, como diría Quya Reyna. Y es que no todo son partidos de fútbol en los que debemos mostrar lealtad a nuestros colores, incluso si para ello tenemos que fundir a los de la otra bandera.
No pretendo hacer un llamado cursi a la unidad de las regiones, ni mucho menos negar los contrastes existentes entre ellas; pese a que, una vez instaladas en otros lugares, las personas, por lo general, intentamos despojarnos de ciertos rasgos o costumbres que hacen evidentes las diferencias (me pasó cuando llegué a Bolivia) para lograr una inserción más natural. Por eso, podríamos pensar que los orureños se encuentren más cómodos en Potosí que en Trinidad, pero también que los tarijeños se sientan menos ajenos en Salta que en Cochabamba.
Mientras me sumergía en este ejercicio improvisado de sociología al vuelo, llegó la luz que iluminaba el menú del restaurante La Casa del Camba –cuyo nombre algo nos dice– ofreciendo picante de pollo, picante de lengua y silpancho, que, hasta donde sé, no son precisamente platos típicos del Oriente. Pero ahí están, alzando la voz para recordarnos, con algo de sorna, que ellos, junto con el majao, son platos bolivianos.
Paula Peña, una de las invitadas a comentar la obra, reconocida historiadora e intelectual, jamás había escuchado mi nombre, y mucho menos me había leído antes de que le enviara el libro (pese a que uno de los medios cruceños en los que publico mi columna quincenal es un periódico inveterado), y se lo adelantó al público con admirable franqueza. Eso hizo que la ilusión de integración de los bolivianos, que no debería suponer una amenaza a la identidad individual (en todos los países cada urbe lucha por diferenciarse de las otras y no siempre a las buenas), a través de la cultura o el comercio, se viera menos ingenua y más gratamente real. Todos tenemos nuestra propia pequeña nación en este inmenso país, pero podemos reconocernos tanto en el paisaje verde como en el terracota.
La autora es abogada
Columnas de DANIELA MURIALDO LÓPEZ


















