
LA LUZ Y EL TÚNEL
Los casi nueve minutos que el peso de un robusto policía aplastó el cuello de George Floyd fueron más que suficientes para ahogarlo y matarlo. Ni Chauvin, ni sus otros tres colegas, que arrestaron al ciudadano negro bajo un cargo incierto y eventualmente trivial, prestaron atención a Floyd, quien suplicó todo el tiempo “¡déjenme respirar!”.
Próximos a la reapertura, –más allá de la corrupción, los cálculos y las peleas de los políticos profesionales– estamos obligados a volcar nuestra atención a cómo hacerlo, porque suponer que se trata simplemente de volver a lo anterior, nos dará el golpe de gracia.
Si uno escuchaba, sin imágenes, al Ministro de Salud tratando de explicar su actuación ante la pandemia, ante el pleno de la Cámara de Diputados, el miércoles 6 de mayo, casi podía imaginarse que la desgreñada melena del primer ministro británico, Boris Johnson, flotaba en la Asamblea Legislativa.
Sabemos que vienen tiempos difíciles, pero no deja de sorprender el empeño de organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización del comercio mundial (OCDE), el Banco Mundial (BM) o cámaras empresariales, y analistas y académicos por someternos a un continuo e inmisericorde bombardeo de pavorosas previsiones sobre el futuro económico. Su entusiasmo es comparable al de oscuras versiones que circulan en las redes y plataformas digitales.
Lo único que sabemos, con cierta certeza, es que no será eterno. Todo lo demás está sujeto a escrutinio, a pasar por la prueba de los hechos. De ahí que me produzcan un intenso espasmo las profecías que se multiplican despiadadamente: sean de filósofos, epidemiólogos o, en general, de augures y dirigentes de cualquier laya.
Atorados por la búsqueda de seguridad, se obedecen, más o menos disciplinadamente, las restricciones que, mientras más se prolonguen, alentarán el desasosiego –potencialmente enojo– causado por la cuota de empobrecimiento colectivo y la angustia ante los problemas que se están sumando, como comprobarán quienes ejercen el poder.
La instalación de la pandemia viral en nuestro país se suma a la epidemia de dengue, con sus casi 50.000 casos, dejando fuera de duda que todo lo que se ha dicho sobre los huecos y fracasos del sistema de salud heredado del régimen de Morales Ayma es insuficiente.
Hay un lazo que encadena al conjunto de las propuestas que se presentan a consideración de los votantes y que las termina hermanando, más allá de los afanes que despliegan todos por presentarse como únicas y diferentes. Este nudo de amarre hace que, al final y, después de las querellas, sermones y promesas, sobre si más mercado, o más Estado, con más o menos corrupción, todos presenten una línea de horizonte uniforme e indistinta de porvenir para el país.
Ha de reconocerse que, aún antes de encabezar la fórmula de su partido, el candidato presidencial del MAS nunca fue tacaño a la hora de sonreír. Pero, desde que fue nominado en Buenos Aires, la sonrisa burbujea en su rostro y estalla incontenible a cada paso y en toda ocasión. Es la expresión viviente del que está contento y satisfecho.
Razones no le faltan porque, pese a todo, adelanta en las encuestas con casi un cuerpo a la tropa de competidores y, tal como están las cosas, a ellos no les será fácil remediarlo por sus propios medios.
La avidez periodística por “pepas” se ha visto satisfecha con las inesperadas candidaturas y vuelcos electorales. En retribución, proliferan los adjetivos sobre “tsunamis” o “patadas al tablero”, para sacudir espásticamente al público, buscando que gruña o babee.
Pero si nos alejamos de los vicios sensacionalistas, encontraremos que las novedades están muy distantes de donde se gesticula y concentra la atención.

