
LA LUZ Y EL TÚNEL
La avidez periodística por “pepas” se ha visto satisfecha con las inesperadas candidaturas y vuelcos electorales. En retribución, proliferan los adjetivos sobre “tsunamis” o “patadas al tablero”, para sacudir espásticamente al público, buscando que gruña o babee.
Pero si nos alejamos de los vicios sensacionalistas, encontraremos que las novedades están muy distantes de donde se gesticula y concentra la atención.
El César ha hablado: va por delante la torre de artillería y le sigue el obispo (alfil); el zar económico encabeza y el campesino acompaña. La definición se ha tomado en el cónclave bonaerense, lejos de las presiones corporativas de las bases y de los ajustes de cuentas internos.
En toda transformación profunda, las sociedades empapadas y arrastradas por su fuerza suelen tardar, a veces mucho, en comprender el calado y la extensión de los cambios producidos, o que están en plena evolución. Es también frecuente que nos distraigamos con detalles o personajes, vistosos o entretenidos, capaces de deslumbrar instantáneamente, pero básicamente carentes de profundas raíces.
La importancia y complejidad de las tareas pendientes que debe encarar el Gobierno interino, puede romper más de un espinazo, inclusive si estuviese fabricado de la aleación metálica más resistente y templada. Para peor, los plazos que corren y la rigidez intrínseca de la legislación, y de las contradicciones y fracturas que se han evidenciado durante la pugna que ha derrotado al régimen caído, no admiten grandes demoras o aplazamientos.
Cuando el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) dio su visto bueno a la designación de la presidenta Añez, consiguió que la presión acumulada en torno suyo se descomprima y, así, pudo pasar al discreto segundo plano donde le gusta morar, hasta lanzar un nuevo zarpazo.
Cuando el Presidente repite lo que no sabe, el Vice no sabe de qué hablar y el ministro-estratega dice simplemente lo que quiere, o le piden, estamos ante el fin de un orden que nació de la movilización y quiere permanecer usando la fuerza contra la movilización.
El régimen ha cerrado las salidas, aunque reciba de una oposición –de la que están casi ausentes los perplejos dirigentes políticos– el salvavidas de una conminatoria a renunciar en un plazo de horas, cuando le restan apenas 16 semanas de vigencia constitucional.
Con espíritu de diablito que recupera la capacidad de tentar al incauto, el vice ofrece al candidato de Comunidad Ciudadana que "se atreva a participar de una auditoría electoral" para que, en caso de demostrar el fraude, se vaya a una segunda vuelta.
Cuando la misión de la OEA y la UE hicieron esta propuesta, subrayando que sus resultados serían obligatorios (vinculantes) para las partes, se basaban en el hecho de que no había concluido el cómputo oficial de votos.
Resalta, en los días previos a la elección, la insistencia de las afirmaciones gubernamentales acerca de que el nacimiento, prolongación y concurrencia de conflictos y protestas sería parte de la ultimísima conspiración derechista para aplacar el brillo de su gestión y el esplendor de su próximo triunfo electoral con el 70% de los votos.
De no mediar su estridencia, podría buscarse alguna armonía en la cotidiana e incontenible cascada de números que cae sobre nuestras cabezas. Con extrema buena voluntad, podríamos visualizar una danza de números para convencernos de que todo está bien y que marchamos al encuentro de un futuro prometedor, tanto, que los electores celebran con un alza vertical de intención de votos la indolencia oficial ante la consumación de la mayor catástrofe ambiental.

