
LA LUZ Y EL TÚNEL
El reto actual decisivo es ubicar un área de encuentro que permita remontar el sentimiento de brecha antagónica que acompaña a los resultados electorales.
Ni nuevos rostros, por sí mismos, ni promesas conciliatorias –cuya sinceridad exhibe un excesivo margen de duda– pueden crear un ambiente que aplaque el brutal clima de confrontación que ha mostrado los dientes en la primera semana poselectoral.
Las elecciones terminan el próximo domingo, o cinco semanas después. La algazara de candidatos y sus consignas tienen una fecha de vencimiento que no coincide con la de los problemas que se apilan en nuestras puertas.
Nuestra atención y reflejos están condicionados y sobreestimulados hacia el suspenso del conteo de votos, los resultados y el sofocante mundo de conjeturas que ahora copan el espacio y monopolizan las conversaciones.
Una de las más provechosas lecciones que pudimos aprender de la experiencia del régimen de los 14 años, es que las opciones políticas a las que confiamos el mando del país no deben estar definidas por, o construidas, alrededor de una persona. Pero ciertamente eso no ha ocurrido.
Entiendo que se trata de un deseo mucho más ambicioso de lo que parece, porque contrariamente a cuanto se dice y repite con demasiada frecuencia, el caudillismo no es un problema boliviano, latinoamericano o del llamado Tercer Mundo.
Un tema del que hablan los candidatos y sus campañistas, pero respecto del cual no se han planteado soluciones innovadoras, capaces de quebrar su vicioso y resistente ciclo es el de la corrupción funcionaria.
Cuestión eterna; tema de quejas, lamentos y acusaciones. Y, también, la única que genera un verdadero consenso, que consiste en la confesión unánime, pero silenciosa, de que, no habría nada que se pueda hacer, salvo quejarse y esperar las excepcionales apariciones de administradores continuamente honrados.
Desde el día en que el fugaz gerente de Entel, nombrado por las autoridades actuales, montó silenciosamente un avión para evadir su juzgamiento por delitos cometidos en su gestión, los máximos responsables del Gobierno interino quedaron advertidos de que la apropiación criminal de fondos públicos sería una cuestión a la que debían prestar la máxima atención y cuidado. Mucho más, desde el día en que decidieron presentar una candidatura propia.
Por si los sufrimientos y giros que trajo la revuelta más absurda de nuestra historia –o adelantan una semana las elecciones o los asfixiamos– fuesen pocos, pudimos ver como su gran organizador, Juan Evo Morales Ayma, recibió, en el último tramo de su violenta ofensiva, el auxilio entusiasta de uno de los adversarios al que más golpeó y estigmatizó: Felipe Quispe.
Una mortalidad del 95% en la unidad de cuidados intensivos de uno de los más importantes hospitales de Cochabamba –el hospital del Sur–, por falta de medicamentos esenciales, desbarata la suposición de la Presidenta interina de que su gobierno habría realizado por la salud “más de lo que se hizo en décadas”.
Mientas la epidemia se expande incontrolable, aquí y allá, las transitorias autoridades focalizan atención y esfuerzos en sus necesidades y debilidades electorales, avivando el choque con los que controlan el Parlamento y las principales dirigencias sindicales; todo lo cual, interesa poco y nada a una sociedad desprovista de medios elementales para resistir la enfermedad, el sufrimiento, el hambre y el riesgo de muerte.
O sea: ¿Qué ocurre si las elecciones no pueden realizarse el día anunciado? para aquellos que no comparten la tendencia de consagrar con un número y una letra una fecha clave.
Quienes tendrían que mejor anticiparlo, a tiempo de pensar en respuestas satisfactorias, son los actuales gobernantes y parlamentarios interinos, ninguno de los cuales ha sido elegido para ejercer las funciones que hoy cumplen, y que mantienen como efecto secundario de la vigencia de la emergencia sanitaria.
Escribo aquí sobre la viejísima crispación que lacera nuestras conciencias, estimulando preguntas sobre cómo resolver un mal que, aparejado hoy, con la pandemia que nos golpea, se hace insoportable.

