
LA LUZ Y EL TÚNEL
La ofensiva represiva en curso es parte clave del lanzamiento de la impaciente campaña presidencial de Juan Evo Morales Ayma, para suceder a su pupilo y, todavía protegido, el actual presidente del Estado.
Para entender y evaluar un hecho político, antes que deplorarlo –en este sistema y bajo la lógica de los actores políticos que prevalecen universalmente– lo más importante es buscar sus causas y contrastarlo con sus objetivos, tal como lo recomendaba, entre los más destacados estudiosos, el casi olvidado filósofo Charles Bettelheim
Cuando el MAS huele el peligro de perder, saca a relucir sus más profundos reflejos, convicciones y prácticas autoritarias y verticalistas. Por eso, para compensar el déficit de votantes no se hace problema en recurrir al favor de fiscales y jueces que vuelquen los números a su favor.
Los pequeños y grandes están molestos con el Gobierno, hasta el extremo que han sacado sus tractores a los caminos para protestar por la banda de precios reimplantada por la actual administración masista.
La mayor parte de la población del planeta, incluyendo la del lugar de los sucesos, no ha sido informada de un muy importante hecho de la gran revuelta y militarización de Washington DC el mes pasado.
La escalada e incursión de los atacantes y, luego, el inusual despliegue militar y sus barricadas conformaron el unánime festín de fotografías y videos que consumimos perplejos.
Las acciones que consumen la atención de los personeros políticos, tanto del nuevo Gobierno como de los derrotados en las elecciones, está trazando, o sería mejor decir cavando, un rumbo ajeno a las necesidades de la sociedad.
Juan Evo Morales Ayma ha tenido un solo gesto de benevolencia con sus compañeros Arce y Choquehuanca: no acaparar la atención pública el día de la ceremonia de posesión del nuevo Gobierno. Pero, su compromiso con sus colegas y discípulos llega hasta ese punto, nada más.
El reto actual decisivo es ubicar un área de encuentro que permita remontar el sentimiento de brecha antagónica que acompaña a los resultados electorales.
Ni nuevos rostros, por sí mismos, ni promesas conciliatorias –cuya sinceridad exhibe un excesivo margen de duda– pueden crear un ambiente que aplaque el brutal clima de confrontación que ha mostrado los dientes en la primera semana poselectoral.
Las elecciones terminan el próximo domingo, o cinco semanas después. La algazara de candidatos y sus consignas tienen una fecha de vencimiento que no coincide con la de los problemas que se apilan en nuestras puertas.
Nuestra atención y reflejos están condicionados y sobreestimulados hacia el suspenso del conteo de votos, los resultados y el sofocante mundo de conjeturas que ahora copan el espacio y monopolizan las conversaciones.
Una de las más provechosas lecciones que pudimos aprender de la experiencia del régimen de los 14 años, es que las opciones políticas a las que confiamos el mando del país no deben estar definidas por, o construidas, alrededor de una persona. Pero ciertamente eso no ha ocurrido.
Entiendo que se trata de un deseo mucho más ambicioso de lo que parece, porque contrariamente a cuanto se dice y repite con demasiada frecuencia, el caudillismo no es un problema boliviano, latinoamericano o del llamado Tercer Mundo.

