
LA LUZ Y EL TÚNEL
Hay sondeos que dicen otra cosa, pero en esta materia apelo --digamos-- a mi más puro y atávico instinto y, contando nada más que con él, siento y entiendo que la mayor parte de la gente de esta tierra nuestra está confundida porque no sabe exactamente a qué atenerse sobre si el Presidente volverá a intentar alguna cosa para tratar de ser candidato en la próxima elección.
Pocos días antes de que se desate la ofensiva de las cooperativas mineras, el Vicepresidente anunció que llevará adelante una cruenta batalla contra quien cuestione, observe o se atreva siquiera a preguntar sobre la realización del proyecto de construir represas en El Chepite y El Bala. Ratifica así la línea dictada por las principales autoridades durante sus 10 años del ejercicio del poder: quien no se someta y acate su voluntad sin rechistar será tachado, anulado y perseguido.
Así descienden después de un prístino nacimiento, en que lucen cegadoramente transparentes las aguas que se desprenden de los glaciares andinos, en la cabecera de nuestros más grandes ríos. A medida que se despeñan, irrefrenables, arrastran sedimentos que se hacen masivos, mientras más lejos avanzan y mientras más lluvias los alimentan. Así, cuando transcurren a través de las selvas, se ven arenosas, fangosas, inescrutables para las miradas que pretendan atravesarlas.
Una de las prerrogativas más rudimentarias y destructivas del ejercicio del poder político es tomar decisiones que nos afectan a todos sin dar explicaciones ni aceptar preguntas y, mucho menos, cuestionamientos. Esa manera de comportarse tiene, a la larga, la enorme desventaja de que las acciones que así se toman pueden, y muchas veces deben, ser desautorizadas, anuladas y llegan a volcarse en la dirección opuesta a la que motivó o pareció justificar su adopción.
Me refiero a los 481 millones de bolivianos o 69 millones de dólares al cambio vigente que, se afirma oficialmente, sería el monto usado para adquirir Ametex y crear Enatex, “porque implicaba un tema social”, en palabras del Vicepresidente. Tal explicación es sencillamente increíble porque conocemos decenas de situaciones en las que los temas sociales no derritieron el corazón de la burocracia gobernante, que suele enviar, más bien, a tropas de gendarmes para hacer salir a la carrera, y bastante magullados, a quienes buscan esa veta de sensibilidad social oficial.
La reunión convocada en Sucre para reformar la administración de justicia ha concluido sin que pueda esconderse la amarga sensación que deja, inclusive entre quienes la armaron y manipularon. La manera en que fue conducida y sus conclusiones se encuentran tan alejadas del objetivo de aliviar la desesperación colectiva que produce el funcionamiento del monstruoso aparato que conforman el Judicial, los fiscales y la Policía, que sólo dejan desaliento y, para los patrocinadores, un profundo e inconfesado sabor de otro problema irresuelto y postergado.
Si lo que transmiten los hombres que encabezan el Estado en nuestro país pudiese contenerse en un solo y único sentimiento, éste es, sin vacilación alguna, una rabia descomunal y estrepitosa.
Reconozcamos que la marea de ira se extiende universalmente, hasta casi convertirse en la divisa de la época, reflejándose en el auge de atrocidades, del encumbramiento de personajes a lo Trump y el engorde de las multitudes que los celebran y apoyan. Pero la que manifiestan nuestros gobernantes destaca, inconfundible, con fulgor propio.

