
LA LUZ Y EL TÚNEL
El debate para aprobar la ley de la coca nos ha vuelto a probar que uno de los mayores fracasos de la reforma de Estado consiste no digamos ya en la reiterada falta de independencia del Legislativo, sino en la ausencia de personalidad propia. La pobreza de conocimientos y argumentos, principalmente de oficialistas, es propia de un régimen verticalista, prebendal y clientelista.
Si Dilma, en un giro improbable pero no imposible, recuperase la presidencia del Gobierno en Brasil, ¿cabe esperar que su país nos compre electricidad, firme un nuevo contrato de compra de gas favorable a nuestros intereses y modifique el diseño del tren bioceánico?
No sucumbiré a la tentación de contribuir a la interminable ola de noticias carnavaleras. Estoy pensando, en medio de la fiesta, en las causas de la proliferación de debutantes tan coloridos como Donald Trump, dispuestos a asumir el control de las principales capitales, presagiando que nos precipitarán en una febril y letal mascarada. La abundancia y fortalecimiento de éstos será acaso la prueba de que la globalización ha fallecido como lo anunciaba, a finales del año pasado, entre unos cuantos, el Vicepresidente boliviano.
Si de algo no puede acusarse a quienes llevan las riendas estatales desde hace 11 años es de ser modestos. No es una debilidad de su repertorio y son más bien propensos a referirse, en cuanto se da la ocasión, a sí mismos y a sus obras como grandiosos, descomunales, desmesurados.
Hay una excepción que quiebra tal regla y es la corrupción. Según sus discursos, esta vieja perversión del poder sería, aquí y ahora, pequeña, diminuta, mini, o mejor dicho, respetando sus palabras, “micro”.
El Dakar 2017, que pasó por Bolivia (…) generó ingresos por 140 millones de dólares, (y) un flujo de 323 mil turistas, nacionales e internacionales”, informaba el 18 de enero la agencia oficial (ABI), haciéndose eco de lo dicho por el anterior Ministro de Culturas. Las cifras no parecen muy realistas, ya que el gasto por día de tal turismo duplicaría, o más, el gasto promedio de cada persona, según las propias estadísticas del país. Pero obviemos eso ahora y detengámonos en el significado que entraña la noticia para la economía del país y que la desaceleración siga avanzando.
La crisis del agua que golpea a La Paz desde hace meses ha tenido la virtud de arrojar una nueva y decisiva luz sobre varios grandes problemas del país y la necesidad de encararlos de una manera radicalmente distinta a la que ensayan y proponen quienes nos están gobernando.
Así, mientras ellos concentran su atención en hallar una imposible ruta que conduzca a legitimar la reelección perpetua, queda cada día más claro que las esenciales cuestiones que no resolvieron no se solucionarán y, más bien, empeorarán con su permanencia.
La importancia de tener y mantener un empleo suele ser crucial en la vida de las personas. Eso es lo que vuelve a probar, en pleno auge de la fase más avanzada de la reproducción ampliada capitalista en Bolivia, el resultado del último congreso del MAS. La vehemencia y devoción con que los asistentes, incluido en primer término el Presidente, han renovado su determinación de quebrar cualquier límite para habilitar su reiterada candidatura para un nuevo mandato, deja claro testimonio de ello.
¿Y ahora qué van a hacer después de que indígenas y pobladores de las riberas del río Beni, sin violencia, sin destrozos, ni víctimas, hicieron que el personal contratado por la empresa Geodata se retire de la zona donde pretenden construir la megarepresa del Chepete?
¿Volverán, como nos tienen acostumbrados, a mover camiones, millones y matones para imponer su voluntad?

