
LA MADRIGUERA DEL TLACUACHE
No hace falta ser melómano ni conocedor para saber de dónde viene el título trillado de esta nota. Nunca he sentido devoción por Mercedes Sosa –quien más bien, como diríamos en México, me caía gorda–, sin embargo, la versión de esa canción en la voz ronca y comprometida de Jenny Cárdenas me cautiva.
Pero cualquier reseña sobre la música revolucionaria de los 70 resulta ya anacrónica; así que no intentaré nada parecido. Solo abusaré del nombre y de alguna estrofa.
Como uno ya no puede salir incólume de las redes sociales, lo mejor es bañarse de repelente antes de acceder e intentar la menor cantidad de ronchas, de esas que alteran las ideas y los ánimos.
Los posts traen detrás una carga emocional del autor y una necesidad implícita de convencimiento. Todos escribimos con agenda en mano y leemos esperando reafirmar nuestros pensamientos o, al menos, aclararlos. Sentimos las posiciones contrarias como picaduras de abeja y reaccionamos en consecuencia.
Conocí la plaza Murillo a mis 13 años, durante una escala prolongada a la que mi hermana y yo, recién llegadas a Bolivia, debíamos someternos –pues no había vuelos directos desde Sucre y presumiblemente nunca los habrá– si queríamos llegar a Santiago de Chile a visitar a nuestro padre. Con él pasábamos los dos meses de vacaciones. Era un modo de compensar las desastrosas consecuencias que todo divorcio acarrea.
Me apuro a escribir este artículo antes de que nos caiga el silencio electoral, rogando que los directores que gentil y quincenalmente me publican, permitan que adelante mi columna y le den un lugarcito fuera de su día.
Había optado por contenerme y limitar mi participación a un par de likes en el debate sobre el racismo. Pero la lengua es débil y mi computadora está muy a la mano.
Mi hermano, psicólogo, me consultó en tono sarcástico y sin ningún ánimo profesional, que en qué parte de la pirámide de Maslow me ubicaba actualmente. Ante mi desconcierto, no sabía yo qué quería decirme, me explicó que, utilizada en psicología humanista, esa pirámide refleja la jerarquía de las necesidades humanas que las personas buscamos satisfacer en un orden específico.
Llega un tipo a una plaza en Aguascalientes, donde tradicionalmente se practican peleas de gallos. Pone toda su confianza en el encargado de las apuestas, le pregunta cuál es el gallo bueno. El experto responde –sin dudar– que el blanco; luego el novato apuesta todo a ese gallo.
Se ha popularizado una frase humorística inspirada en el atentado que sufrió Abraham Lincoln mientras asistía a una obra de teatro en Washington. Se dice que al día siguiente alguien le preguntó a su esposa: “Aparte de eso, señora Lincoln, ¿qué tal estuvo la obra?”.
Aunque un amigo, tan querido como agudo, solía hacer este chiste cuando, preocupados por la enfermedad que padecía, le preguntábamos cómo se hallaba, mi referencia va más por el hecho que origina esta expresión.
“Sabemos que las urgencias de la sobrevivencia han convertido al pueblo en una masa adicta a la guerra, tierra perfecta para el cultivo de todas las porquerías. Quisimos creer que ese mismo pueblo podría levantarse de su degradación si se le daban las condiciones. Pero no fue posible”…
Así es como un literato paceño (Guillermo Mariaca) se lamentaba en un mensaje dirigido a Samuel Doria Medina poco después de su derrota. Para no darme cuerda mientras releo esa carta, escribiré con lentitud esta columna, mientras sorbo un mate de menta.
Tenía menos de tres años cuando subí a un avión sola por primera vez. Bueno, en realidad me quejé porque no era la única en la nave; había muchos pasajeros.
Eso, dicen, me frustró: llevaban semanas lavándome el cerebro, convenciéndome de que la soledad en el aeroplano sería circunstancial y entretenida, y pues a aquella corta edad, en la que parecía por fin darme cuenta del verdadero sentido del hedonismo, di por hecho que volaría como las estrellas (o como Evo) en un gran avión privado.

