
LA MADRIGUERA DEL TLACUACHE
No me animo a hacer análisis sobre la guerra en Gaza. No porque no tenga una posición o porque no resienta las atrocidades que desde el 7 de octubre se vienen produciendo. Es sólo que para dar una opinión prudente debería tener un mejor conocimiento de la historia milenaria y la geopolítica ratzeliana (“la lucha por el espacio vital”).
Lo que sí quiero es referirme a ciertos efectos colaterales —pues eso son, pese a que los más dados al protagonismo los sientan como secuelas directas— que ha traído este conflicto.
Tengo la ventajosa manía de subrayar frases sueltas o párrafos enteros de las novelas que leo, a las que sé que regresaré en algún momento. Acabo de volver, luego de 10 años, a unas líneas de “98 segundos sin sombra” de Giovanna Rivero, que empieza con esta reflexión de su protagonista: “Siempre pienso en cuánto odio a mi padre y en cómo nuestras vidas, la de mi mamá y la mía, podrían convertirse en algo fantástico, una fábula, tan sólo si él tuviera la decencia de morirse”.
Hay un asunto en el que no logro posicionarme, y sobre el que alego tibieza: la inmigración. Salto de los argumentos humanitarios y tolerantes de la izquierda, a aquellos del ultranacionalismo que antes protegen la tradición y la seguridad de los suyos.
Quienes tuvimos la oportunidad de ver la versión paceña del musical de Broadway, Avenida Q, hace un par de semanas en el acogedor teatro Nuna, en La Paz, pudimos disfrutar de un espectáculo estupendo.
A veces me pregunto si en vez de escribir una columna debería dedicarme a publicar las últimas normas rectoras que la progresía —que se ha arrogado la moral de la época— fuera dictando conforme sus propias pulsiones le vayan ordenando. Algo así como la Gaceta de la buena gente. Pero luego pienso que más que edictos individuales, las expresiones de este multipolar movimiento terminarían siendo más parecidas a las noventa y cinco tesis de Martín Lutero. Y no, no me daría el tiempo.
Se acerca la entrega de los Premios Óscar, a cuya gala acudo sin vestido largo, junto a miembros de mi familia (siempre los mismos) mientras corren las quinielas entre pizza y cerveza. De ahí que esté obligada a cubrir, con anticipación, el mayor número de nominaciones, e intentar así conseguir los 80 pesos del pozo.
La guerra en la Franja de Gaza ha reafirmado las posiciones políticas de uno y otro lado. Pero mi especialidad en derecho está lejos del internacionalismo, así que no me pondré a hacer análisis sobre la relevancia del conflicto y menos sobre cuáles víctimas valen más que las otras (aquello es inconmensurable). Creo, sí, que el ataque terrorista que detonó esta disputa armada, que se ha vuelto una masacre, necesita una mayor condena internacional, similar a la que pueda hacerse, con justeza, sobre la muerte de tanta gente inocente en Palestina.

