
LA MADRIGUERA DEL TLACUACHE
Hace unas semanas la ecuatoriana Paola Roldán de 42 años, que padece ELA (esclerosis lateral amiotrófica), interpuso una demanda contra el Estado con el ánimo de volver legal la eutanasia en su país.
En una entrevista, Roldán —postrada, con 95% de discapacidad— contó que en Ecuador la eutanasia se practica de forma velada “con historias clínicas cambiadas por médicos compasivos que quieren ayudar a sus pacientes a morir; en la sombra, con miedo, con culpa”. Ella no quiere morir a escondidas.
Meses atrás, y por razones conyugales, me tocó acompañar a los dos autores (no, no soy bígama: uno de ellos es mi esposo; el otro, un buen amigo) en la creación y publicación de su libro Salir del paso (que, editado por Plural, trata de las guerrillas de tres décadas en Bolivia). No pretendo escribir una reseña, pues ya se han escrito unas cuantas y muy buenas (como las de Sonia Montaño, Óscar Ortiz, y Carlos D. Mesa). Pero no puedo dejar de referirme a la presentación de la obra en La Paz, por lo insólita.
Las letras me han tenido presa estos meses: llevo cursando talleres y algún diplomado, con el único fin de aprender a escribir y de poder escuchar —en carne y hueso— a célebres novelistas; por unos días ayudé en la corrección de un libro; y pese a lo feo y frío del lugar, me metí a cuanto acto literario hubo en la Feria del Libro de La Paz. Solo quedaron fuera de mi radar, los textos de robótica y botánica.
No me trago ese tópico de que hay que ir con los tiempos, “porque los tiempos hablan un nuevo lenguaje que incorpora realidades y vocablos que desconocemos”. Y no soy de los que se zampan eslóganes de tintes hippies como aquel de que la felicidad individual justifica los medios. El mundo está lleno de felices a costa del vacío de los demás.
Pensé que el asunto del beso —que el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales le plantó a la jugadora Jennifer Hermoso durante la entrega de trofeos en la final del Mundial femenino— se desvanecería antes de que me tocara volver a la columna. Pero ya que aún no aparecen otros episodios con las suficientes dosis de frivolidad y polémica, aquí vamos.
Entré, como lo hago frecuentemente, a la pequeña cafetería en la que además de tomar café escribo parte de esta columna. Como soy clienta asidua, el vínculo con la cajera ya es uno “entre conocidas”. Así que extrañé no verla las dos últimas veces. Resulta que su madre estaba enferma y había pasado unos días cuidándola. A mi pregunta sobre la edad de la convaleciente -pues temía que fuera una anciana desvalida-, la respuesta de la muchacha fue: “Ya es mayorcita, tiene 48 años”.
Un jurado de Londres acaba de absolver a Kevin Spacey de los nueve delitos de agresión sexual que pesaban en su contra. El actor estadounidense enfrentaba cargos por “delitos sexuales históricos” que habrían sucedido entre 2004 y 2013.
Hubo una vez un monarca al que llamaban Rey de Corazones. Debía su apodo a la soberana de un reino cercano, cuyo mal carácter y maneras autoritarias hicieron que Lewis Carroll la describiera como “una furia ciega”. Él se comportaba como la Reina de Corazones: a la primera ofensa (que se convertía en tal porque así la sentía) se apresuraba a cortar cabezas.

