
LA MADRIGUERA DEL TLACUACHE
Todos tenemos derecho a una vida privada. Y a mantener en reserva nuestro ámbito más íntimo. Pero además, dentro de ese espacio privado —sin importar el tipo y la cantidad de licencias que nos demos—, gozamos de libertad irrestricta para rellenar nuestras jornadas como mejor nos parezca. Algunos —poco más recogidos— agotan sus horas leyendo y escuchando música; otros, retando contrincantes en juegos de mesa o husmeando Netflix; o, los más gozosos, bailando entre amigos y licores.
Tengo una fascinación casi patológica por los hospitales. Desde niña, cuando pasaba de noche frente a uno de aquellos enormes de Ciudad de México, me imaginaba lo que ocurría detrás de esas ventanas iluminadas. Padecimientos anotados en las bitácoras colgadas a los pies de cada cama. Familiares haciendo guardia y poniendo en riesgo la cuota de atención a otros miembros de la familia. Padres recibiendo a sus hijos. Y yo deseaba entrar.
En un círculo universitario del hemisferio norte un boliviano osado lanza la pregunta de cuál es la diferencia entre un alemán y un latinoamericano, para luego responder —con una mueca socarrona— que el alemán te cree cuando le dices gusto en conocerte. Los dos colombianos, el salvadoreño y el mexicano que lo rodean sueltan una risotada (o más). El belga —que por mala fortuna para los divertidos hispanos entiende castellano— se dirige a ellos con visible frustración para sentenciar: “Por eso ustedes no son confiables”.
Algunos por su naturaleza camaleónica, otros por circunstancias adversas que no dan tregua o, los menos, por un entusiasmo aventurero, los seres humanos gozamos de una capacidad adaptativa a nuevos entornos que ningún otro ser vivo tiene.
De una sesión de psicoanálisis retuve —quizás para siempre— una pregunta del terapeuta que llevaba implícita la respuesta: “¿En verdad quieres hacer eso para estar mejor contigo misma? O lo harás sólo para castigar al otro aun sabiendo que tú soportarás el mayor costo”.
Aquí estoy de nuevo. En el Hay Festival de Cartagena de Indias. Una ciudad cuya belleza ha atraído con mayor fuerza la furia del virus.
Restaurantes “cerrados permanentemente”, casas abandonadas y vitrinas con maniquíes escapistas que aparentemente huyeron para salvarse de la pandemia. Tal parece que las murallas que la rodean se construyeron pensando sólo en los corsarios que la asediaban allá por el siglo XVII, no en el coronavirus. Falta de visión la de los arquitectos de la época.
Incluso cuando las íntimas experiencias nos han causado impacto, solemos olvidarlas. Quizás si ese impacto llega como golpe lo recordemos con mayor precisión que si el suceso trae alguna dicha pasajera.
En ocasiones, ese olvido puede causar frustración, cuando no extrema desesperación. Como la que sentimos los aturdidos lectores aficionados, que no retenemos el título del último libro hojeado, el protagonista de alguna novela añorada o simplemente la trama de la obra cumbre de nuestro autor de cabecera.
Hace unos días, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, se mandó una frase que resultó eficaz como una vacuna contra el coronavirus. Aunque produjo efectos secundarios: “Yo no estoy a favor de joder (emmerder) a los franceses. Me quejo todo el día cuando la administración lo hace. Pero bueno, a los no vacunados sí que tengo muchas ganas de joderlos. Y vamos a seguir haciéndolo hasta el final”.
A propósito de la generosa invitación de uno de los periódicos que acogen esta columna, para elegir al “personaje del año”, me quedé rumiando los nombres que de modo espontáneo vinieron a mi cabeza. Ninguno de los cuales fue el más popular, ni menos arrasó en la votación. Como sé que no hubo cortes de luz sospechosos en el rotativo al momento del conteo, no denunciaré fraude. Quien sí hizo explosionar la urna (por la cantidad de votos acumulados) fue la presidenta de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, Amparo Carvajal.
Recuerdo ingratos y repetidos episodios en los que sufrí bullying en el colegio o fuera de él. En ese entonces, cuando al castellano le quedaba algo de dignidad, los psicólogos lo llamaban “hostigamiento escolar”. La primera vez yo me lo busqué. Sí, lo mío se explica a través de la victimología: de no haber sido por mi conducta previa, el acoso no se habría producido y yo me hubiera ahorrado varios dolores de panza, y visitas a la enfermería.

