
LA MADRIGUERA DEL TLACUACHE
En medio de noticias y artículos de opinión que reviso cada día, se cuela el editorial que los argentinos Eduardo Feinmann y Jonatan Viale emiten a través del canal de La Nación. Lo sé, son tiempos de seguir otros medios como Página12, pero mi apuro, es que le tengo poca fe al kirchnerismo (aunque Alberto Fernández me parezca buen tipo; como persona, no como político).
Imaginen que por equis o zeta motivos han tenido ustedes que salir del país y que en el momento menos pensado (de esos que abundan), alrededor de las 8 de la noche comienzan a recibir mensajes de familiares, amigos comedidos y de otros no tan amigos a los que les gusta lamer la desgracia ajena (aunque esta no llegue a “catástrofe de categoría 5) adjuntando videos de una turba lanzando huevos a las ventanas de una casa que arriendan. Es decir, que ustedes dan en alquiler (en Bolivia lo mismo arrienda el dueño del inmueble que el inquilino que lo toma).
Cuatro mil caracteres no alcanzan para cubrir la obra de Raúl Teixidó. De modo que me concentro en el autor más que en esa obra. Intentaré pues un retrato hablado desde la arbitrariedad. Aunque para ejecutar esta pieza de arte forense, deba apoyarme en su libro A la orilla de los viejos días y en alguna que otra entrevista de las que YouTube nos hace beneficiarios.
Anualmente, el lunes más cercano a la celebración de Santa Teresa de Jesús (15 de octubre) se celebra el Día de las Escritoras. Una conmemoración —me cuenta Wikipedia— iniciada en España hace pocos años “para recuperar el legado de las mujeres escritoras, hacer visible su trabajo en la literatura y combatir la discriminación que han sufrido a lo largo de la historia”.
Recuerdo las imberbes discusiones políticas con mis primas hondureñas allá, a principios de los 80. Cuando ninguna pasaba los nueve años de edad. Nuestros juegos de mesa se truncaban apenas saltaban (por la razón que fuera) los nombres de Ronald Reagan o de Fidel Castro. Nos enredábamos en la disputa sobre la (in)justicia del sueldo de los empleados de mi abuela y otras causas. Yo repetía máximas comunistas, mientras ellas —con una paciencia más madura que mi ímpetu revolucionario—, me explicaban las bondades del liberalismo económico.
Soy hija del exilio; (des)afortunadamente nunca lo he vivido. A lo mejor sería otra, o al menos, podría narrar sobre el destierro con el atractivo de hablar en primera persona. Como cuando se ha peleado una revolución y eso faculta a arengar en su nombre. No como los que acaparan luchas ajenas que ni los han tocado, haciendo creer al resto que los atravesó alguna vez una flecha envenenada, cuando su mayor derrota ha sido quedarse sin internet justo antes de enviar un tuit sedicioso.

