191 años esperando su tiempo histórico
A menos de diez días para que esta Bolivia abigarrada, contradictoria, risueña y esperanzada(ora) a veces, melancólica y folclórica en muchas, cumpla 191 años de su fundación, me ronda, cual sueño pesado, similar al cuervo negro que martillaba el mañana incierto en el dintel de la habitación de Poe, consideraciones cotidianas al pie de una realidad histórica que, sin ser mal agüero, vislumbran reflexiones y necesidades urgentes de saber hacia dónde marcha este país o, cuando menos, interrogarnos sobre los caminos que anduvimos, tiempos y espacios que ocupamos, logros alcanzados y la posibilidad de haber conseguido verdaderas transformaciones, esencialmente humanas, profundas, desprovistas de toda palabrería e influencias demagógicas y politiquerías de circo.
“Cuando soñamos que soñamos está próximo el despertar”, dice Novalis. ¿Es una augurio celestial o una advertencia terrenal?
Me quedo con lo terrenal, porque mis esperanzas y deseos de que esta Bolivia que siempre me arrulló en sueño liviano, fueron y serán objetivos, claros; vislumbrando avances fidedignos que me hicieran sentir orgulloso de los que me gobiernan. Pero casi siempre las respuestas precarias e inservibles a nuestras escasas preguntas son corregidas por el tiempo, no desvirtúan, desvelan, revelan, desenmascaran al impostor y, con él, su verdadera ambición, entonces, anotando a Octavio Paz, es cuando “me parece reveladora la insistencia con que en ciertos períodos los pueblos se vuelven sobre sí mismos y se interrogan. Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer”.
Y el hacer tiene mucho que ver con el cuestionar, interrogar, inquietar e incidir sobre los que creen que pueden apropiarse de un país y, por ende, de las conciencias de sus ciudadanos. Interrogar, justamente es hacer retorcer a la bestia de dolor democrático. Es pedir cuentas de lo que se hizo y se hace, es una prueba irrefutable de que no estamos narcotizados.
Los bolivianos debemos aprender a reflexionar sobre lo que debemos lograr por esfuerzo conjunto y por fortalecimiento natural, como una inevitable consecuencia de algo bien estructurado, proyectando un futuro sostenible, autónomo y progresivo. Por imposible que parezca, hay que desvirtuar las conductas paternalistas del Gobierno que debilitan los avances y vigorizan la perpetuidad en el poder como una inagotable fuente económica. Con seguridad eso también requiere de un tiempo histórico que contenga respuestas claras y fehacientes. Como las que quisiera que estén incluidas en el ya pronosticado discurso interminable del próximo 6 de agosto. ¡No estarán!, por supuesto, porque las respuestas que demando son colectivas, tiene que ver con las libertades inalienables e imprescriptibles. Con un proyecto de Bolivia futuro limpio y sin un Estado pulpería que se adueña de las necesidades de sus ciudadanos a través de las dádivas y conductas pedigüeñas. Tiene que ver con el respeto a las leyes, a las personas y a la integridad ciudadana. Tiene que ver con la transparencia y la verdad, la limpieza en la administración transitoria. Tiene que ver, en última instancia, con el fortalecimiento democrático a través del ejercicio de la alternancia. Tiene mucho que ver con un informe imparcial de los hechos de corrupción cogubernamentales y cuántos de los culpables están realmente cumpliendo su castigo.
¿Qué somos? ¿Qué estamos haciendo? ¿A qué aspiramos? ¿Cómo llegaremos a ser lo que deseamos?
¿Compartimos interrogantes comunes?
¿Nos mueve el presente como proyector del futuro?
En este país de paradojas, el ciudadano se siente suspendido entre el cielo y la tierra, “oscila entre poderes y fuerzas contrarias, ojos petrificados, bocas que devoran”. ¿Unas a otras? ¡Se desconocen! ¡Se ofenden! ¡Se desdicen! ¡Se condenan! Esta Bolivia que sufre su tiempo histórico de falsos procesos de cambio, aún no es capaz de procesar un cambio de mentalidad y de acción. A penas, en pos de la modernidad, se mueve entre un pasado que no atisba el presente ni sospecha de un futuro, y se resigna a vivir petrificado, inmutable, esperando que el tiempo, su tiempo, vote dádivas y así viva su instante, su engaño, su proceso de cambio en miniatura.
En un escenario político real progresista, no existen enviados, aparecidos, ni magos que hablen de la piedra filosofal como fuente de riqueza, ni ancestros que, gracias a pases mágicos y discursos de tierra adentro, produzcan soluciones misteriosas. El presente exige capacidad, voluntad y liderazgo netos. La primera, para asumir con responsabilidad el desempeño y las exigencias de una realidad cada vez más acelerada; la segunda, para ejercer con ética y espíritu democráticos los desafíos del presente y los logros del futuro; el tercero, para conducir a una patria construida, sin oblicuidades, preferencias políticas, resentimientos antropológicos ni culturales, no a imagen y semejanza del mandamás, sino a la de un pueblo forjador de su propia historia que tiene el derecho a vivir en armonía y en un estado de bienestar.
191 años de vida y aún parece que soñamos, balbuceamos la justicia, la democracia consolidada y la obediencia a las leyes. La historia de Bolivia es la del hombre que busca restaurar sus alas de libertad, amputadas, yo creo, ¿en la conquista, en la Independencia o en las sucesivas coyunturas de facto?
Y aún nos debemos cuestionar sobre nuestro derecho a ser lo que queremos ser y cómo llegaremos a lo que deseamos, y no lo que nos impongan, esa también es una constante intransferible que no se debe cruzar en nuestra historia como un cometa de jade, que de vez en cuando relampaguea la eterna esperanza.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.






















