El nombre es personal y es también político
En Bolivia, al menos en una parte importante del país, el nombre de una hija o hijo suele darse en honor a alguien a quien se le tiene aprecio o admiración, para que esa nueva persona que llega al mundo tenga las mismas cualidades o esa misma buena ventura. No todos los nombres han resultado afortunados y quien así lo ha sentido ha tenido oportunidad de cambiarlo, juicio mediante, siempre que se mantenga el género.
Hoy ya es posible modificar también el género del nombre gracias a una última medida que, junto a otras, en esta materia va creando un nuevo escenario en el país.
Tan importante es el nombre que el tenerlo es considerado un derecho universal y así está contemplado en el Código Niño, Niña y Adolescente boliviano que establece como tal el derecho a la identidad.
El no tener nombre, que incluye el apellido, tiene consecuencias y en una sociedad patriarcal como la boliviana ha sido hasta hace unos años también motivo de vergüenza. Una señal de “deshonra” de la madre soltera que se le transmitía a su hijo o hija porque no había recibido el reconocimiento del padre. La sanción moral iba hacia la madre y la descendencia y no para el progenitor irresponsable.
Desde 2015 está en vigor la Ley 603 del Código de las Familias y del Proceso Familiar que permite que sean las mujeres las que den su apellido a sus hijas e hijos como primera opción antes que del padre, con lo que se rompe una histórica desigualdad de género en el registro de la descendencia.
Los cambios de nombre voluntarios se han debido, generalmente, a que tras ellos había algún tipo de discriminación. En algunos casos, las personas cambiaban su nombre de origen por ser imposibles de llevar, como “Erótica” o “Míster” que son ejemplos reales de casos expuestos como anécdotas en medios de comunicación pero que “nombran” un problema de desigualdad social, ya que seguramente se eligieron debido a la ignorancia de sus padres, producto de la pobreza.
Es conocido el cambio de apellido indígena por uno de origen español, u otro extranjero, ocurrido con mayor frecuencia hasta hace pocos años para evitar llevar el estigma de ser indígena y que por ello a quien lo tenga se le cierren las puertas de centros de estudio, de lugares de trabajo, de la casa de aquella chica, de relaciones sociales... El apellido indígena ha sido causa de discriminación hasta hace pocos años y hoy hay quien dice que hay discriminación a la inversa, aunque no se conocen casos de mudas de apellido por ese motivo.
Un cambio de nombre de hombre por uno de mujer o a la inversa era imposible hasta hace unos días. El poder Legislativo aprobó en consenso la Ley de Identidad de Género que permite a personas transexuales y transgénero cambiar sus nombres para ponerlos acorde con el género con el que se identifican, con lo que se elimina un escenario más de injusticia reflejado en los nombres.
Esta ley no toma en cuenta a quien es bisexual, por ejemplo, ya que se cierra en la dualidad sexual como única posibilidad; sin embargo, es evidente que es un avance hacia el respeto de los derechos de identidad de las personas.
En el tema de nombres no está todo acabado, queda pendiente, por ejemplo, que cuando una mujer sea casada deba llevar en el carnet de identidad el apellido del marido, con el posesivo y machista “de” por delante. Se podría plantear que sea equitativo y que los hombres también llevaran en su nombre y firma que son “de” su mujer; sin embargo, la propiedad en la relación que es lo que hoy aún se refleja es algo inaceptable.
Aunque la vida personal, como el nombre, se considera privada, no hay que olvidar que lo personal es político y lo es porque refleja prácticas y detrás de éstas están las ideologías. Uno actúa según sus creencias. Estas formas de pensar cuando son mayoritarias se reflejan en normas y, en los últimos años, en Bolivia se han aprobado algunas leyes que se deben rescatar.
La autora es periodista.
Twitter: @DrinaErgueta
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