¿Belicismos sin fin?
Como especie humana, llevamos la impronta del belicismo y de la organización militar muy enraizadas en la cultura, y esto muy al margen de lo heterogénea, diversa y múltiple que ésta, la cultura, sea entre unos y otros pueblos de la tierra. La vocación bélica y preparación militar subsecuente, sigue presente como un ingrediente arcaico y central de los procesos institucionales para la formación, o mejor dicho, estructuración, del sujeto social.
De hecho, la creencia en la propia superioridad de una nación sobre las otras, históricamente ha sido el argumento central para legitimar las guerras imperiales de conquista y saqueo. Que aquella creencia, tenga como su fuente a la voluntad divina expresada en la superioridad civilizatoria de quienes la comprenden y acatan, frente a unos otros “infieles y bárbaros” (es el caso de las luchas entre moros y cristianos), o a la convicción de una superioridad racial de origen natural; no hace más que confirmar nuestro argumento.
Ciertamente, la evocación de la guerra como un recurso metafórico para transmitir hechos ordinarios, aunque estos no impliquen una guerra en el sentido estricto del término (es decir, entre ejércitos regulares), resulta una constante de la vida cotidiana. Por ejemplo, al atestiguar cierto conflicto, cuya resolución, quedó, o está, sujeta a la imposición de los unos sobre otros mediante la fuerza bruta, la definición de una ruta del transporte urbano entre gremios rivales, por mencionar un caso; probablemente ilustremos el cuadro como la guerra de los choferes…
También podemos pensar en las guerras buscando incidir sobre la memoria colectiva presente, a través de las enseñanzas históricas, o sea, a consecuencia de nuestra visión política e ideales morales inherentes al “cómo debería ser la realidad social”, en contraposición a las visiones determinantes del “ser” colectivo…Y no podría ser de otra manera. Para la mayoría de la ciudadanía boliviana, las guerras sucias libradas durante las dictaduras militares, y más aún, las territoriales o imperialistas de carácter internacional, implican una realidad ajena a sus experiencias del diario vivir.
No obstante, lo cierto es que cada uno de nosotros libra permanentemente una guerra encarnizada por la propia subsistencia en el mercado de trabajo. El hecho de que ahí no se utilicen armas mortales, ya sean blancas o de fuego, no cambia el desenlace fatal del conflicto: acceder y conservar a un puesto laboral, o morir de hambre, cuando no, vivir como amo, o siendo esclavo. En el fondo, sólo los medios de la confrontación, y su escala individual o colectiva, difieren.
De ese modo, mientras gobernó el MAS con ribetes totalitarios, o siendo el partido político –el MAS– y el Estado, casi una misma cosa, para muchos de nosotros, prácticamente sólo había dos alternativas: 1. Adherirse al MAS apostando a cosechar alguna prebenda como premio a su fe –más o menos genuina– y servicios a la causa del partido –ciertamente, reducible al mandato de Evo– 2. Resignarse, ya sea por indiferencia, impotencia o miedo frente al régimen, a sobrellevar una existencia de semiparia o paria total.
Como todos saben, esa situación sufrió un giro radical e inesperado. Cabe preguntarse si aquellos cambios tendrán algún correlato fáctico apaciguando los afanes belicistas de unos y otros o, si nuevamente, demostraremos nuestra incapacidad para aprender algo de las amargas experiencias pasadas.
El autor es economista
llamadecristal@hotmail.com
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