Racismo gringo y prejuicio boliviano
Todavía recuerdo mi accidente de tránsito en EEUU. Estrenaba mi primer auto, un Chevrolet verde 1958 en una arteria del barrio negro de Houston, y distraído por la nostalgia de mi país combinado con el halo prohibido de una zona de mariposas de la noche, crucé en semáforo rojo una calle. Me chocó el carro de un médico, y una decena de amigos solidarios, presididos por mi condiscípulo Jorge “Gordo” Cossío, ejercieron de traductores ante un policía blanco. Fue mi culpa, pero la boleta de infracción –prueba de culpa– la recibió el galeno afroamericano. Había sido mi descuido, pero se convirtió en mi experiencia inicial con el racismo antinegro que infecta a la sociedad estadounidense.
Tuve otras vivencias negativas, además de mucha vida con amigos negros que nunca olvidaré. La reciente crisis del partido Republicano, su mentiroso y casi hamletiano “ser o no ser” trumpista, soslaya que el narcisista demagogo perdió las elecciones por un margen mayor al de la victoria de otros republicanos y que nunca en la historia estadounidense los fraudes electorales han influido en el desenlace de las elecciones. Más grave aún, la sedición ordenada por el prorroguista inquilino de la Casa Blanca provocó una asonada de enfervorizados montoneros y la vejación casi destructora del Capitolio, sede del Poder Legislativo de su democracia. Siete muertos.
Mi último roce con las noticias, el primero de marzo de 2021, lo volvió a recordar. Mientras los europeos resaltaban una muestra pictórica del gran español Francisco de Goya que, aclaro no es solo La maja desnuda, la CNN comentaba de uno que le puso el inmortal apellido a su industria de enlatados. Aprovechó una reunión para machacar el sonsonete trumpista de haber perdido las últimas elecciones por fraude, y que su hedonista ídolo fue, sigue siendo y será el próximo presidente de EEUU. Cosa risible después de cuatro meses que el mal perdedor abandonó la Casa Blanca luego de un solo periodo, dos impeachments y varios procesos legales en su contra. Sedición pura.
Una vez más insisto que la solución del problema no se dará mediante el debate politiquero, aun con un partido escindido entre fanáticos trumpistas y republicanos genuinos. Es un falso debate aquel del ególatra prorroguista y la democracia estadounidense mediante el voto. Porque después de una sangrienta Guerra Civil persiste el racismo institucionalizado en EEUU. Es algo que ni las soluciones imperfectas de la época de los carpetbaggers y de las leyes Jim Crow lograron cuajar en una versión propia de apartheid porque el fondo es la porfía del segregacionismo racista.
Ya no es clara la división entre industriales norteños y algodoneros sureños. No lo era en 1860, cuando los yanquis del norte quizá tenían tantos negros esclavos como los hacendados del sur. Hoy hay tantos segregacionistas, por ejemplo, en la septentrional Pennsylvania como en la meridional Alabama. Sin embargo, subsiste la causa básica de la Guerra Civil, desnudada que ha sido por la ambición racista, prorroguista y sediciosa de un narcisista mandatario y su torpe manejo de la pandemia de Covid-19.
En el país tuvimos un mandamás mujeriego, divisionista de los bolivianos según rasgos racistas, que se rifó el único periodo de excedentes exportables, en obras comandadas a dedo y sin licitar, que a la postre habrían de resultar en escuelas desvencijadas, estadios y canchitas de futbol inútiles, y hasta universidades “étnicas” cuyas barandas se desmoronan matando a estudiantes. Nadie pide cuentas por la corrupción, tal vez porque todos quieren “su turno de robar”, que el castigo sería una embajada así fueras analfabeta. La nación vuelve a pedir la limosna que alardeaban era de tiempos idos.
Bolivia se revuelca en un lodazal de “originarios” ignorantes y falsos “blancoides” prejuiciosos. El gran EEUU está empantanado en las arenas movedizas de rednecks racistas y negros entonados, mientras miles de migrantes parduzcos se arrodillan en la frontera, felices de ser jardineros o sirvientas en el “sueño americano”.
En EEUU quizá sea una incógnita el cambio de vida propiciado por la Covid-19. Pero en ninguno de los dos países la pandemia ha sacudido el racismo subyacente. En Bolivia, seguirá la seguidilla de gobiernos corruptos de unos y otros en el poder. La salubridad y la educación seguirán a la cola del presupuesto nacional, tal vez hasta que arribe la siguiente plaga.
En la gran potencia del norte y en el colero sudamericano, ¿será una nueva guerra civil?
El autor es antropólogo. win1943@gmail.com
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