Leer y escribir para aprender a pensar
“Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza que pudiera pasar por literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de condensar un texto de mayor extensión, es decir, un resumen, un resumen de un párrafo, en el que cada frase dijera algo significativo sobre el texto original, en el que se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito —ortografía, sintaxis— y se cuidaran las mínimas normas: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. Era sólo componer un resumen de un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron”.
Con estas palabras, Camilo Jiménez, profesor de la Carrera de Comunicación Social de la Universidad Javeriana de Colombia, renunció a su cátedra ante la impotencia de “conseguir” que sus alumnos elaboren un resumen con un solo párrafo bien escrito.
No pude dejar de identificarme con este catedrático. Sin querer generalizar, hace mucho que como docente tengo el mismo dilema en universidades públicas y privadas.
Ineludible comprender que en América Latina esta situación tiene que ver con la desigualdad estructural histórica, en Bolivia recién muy entrado el siglo XX la educación se constituyó como un derecho universal. Sin embargo, en formaciones sociales como la nuestra, eso es más una retórica que una práctica institucional coherente, sigue primando el poco acceso a educación de calidad en el área rural y las zonas históricamente desfavorecidas; continúa la brecha en detrimento de los grupos subalternizados.
Por otra parte, el Estado boliviano pocas veces ha tomado el acceso a la educación de calidad como una prioridad en la que hay que invertir en serio, más allá de los lindos discursos. Las consecuencias de todo ello son evidentes: sueldos de hambre para los profesores de la escuela pública, falta de infraestructura educativa descentralizada y accesible, deserción escolar, ultrapolitización del magisterio, imposibilidad cotidiana de una muchas/os de dedicarle el tiempo y la energía necesarias a su formación, al verse obligadas/os a pensar en cosas más urgentes como el pan de cada día. Problemas profundos y estructurales que dudo que se resuelvan con medidas demagógicas y de mucho show como es la característica de la gestión pública boliviana.
En esas condiciones, se comprende perfectamente que lleguen estudiantes a las universidades sin saber leer (por tanto, escribir) bien, al encarnar carencias estructurales. No obstante, algunas veces ello no ha sido impedimento para personas que partieron leyendo con dificultad y ahora son asiduos lectores/as al descubrir que leer consagra la magia de escribir y, principalmente, enseña a pensar, tal como lo afirma la pedagoga Inger Enkvist. La mayor oportunidad para que ello ocurra en Bolivia son justamente las universidades públicas que han sabido mantener el derecho de ser accesibles a pesar de todas sus falencias.
Sin embargo, una es la situación de los grupos históricamente subalternizados que aún tienen obstáculos para acceder a educación de calidad y/o a prácticas sostenibles de lectura y escritura, y otra la de algunos/as que teniendo las condiciones, las posibilidades y los privilegios igual desprecian la lectura (y escritura) y es evidente esa particularidad en muchos/as hijitos/as de papá que apenas abriendo la boca enuncian una sarta de prejuicios que denota la ignorancia de quien no leyó nada importante en su vida, al estilo de “soy bonita, blanca y apellido de tal manera”.
La lectura se está reduciendo a los mensajes de texto, los chats, los escuetos comentarios de redes sociales y para la búsqueda de fuentes en relación a los “trabajos académicos” en las universidades hay sitios tan sugerentes como “el rincón del vago” o “monografias.com”. Y lo grave es que ni siquiera se analiza esta información limitada, sino que un “resumen”, un “ensayo” y hasta un “trabajo de investigación” se comprimen a un compilado de “cortados y pegados” de estas “fuentes”, sin pasar de una ojeada.
Entonces, ¿cómo se esperan personas que aprendan a pensar si la praxis de la lectura y de la escritura se estruja de tal forma? ¿Qué decir de un mundo de “información” que desprecia el texto y la trastoca a pura imagen para tener “popularidad”? ¿Qué hay de los cada vez más numerosos “influencers” cuyo mensaje al mundo y “trabajo” se reduce a sexualizar su anatomía, exhibir pilchas, realizar payasadas y/o proferir sueltamente las taras que (por falta de lectura) se les ocurren y que por polémicas se vuelven “virales”?
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA


















