Tapacarí el encanto del valle de los 4 ríos
Tapacarí es un pueblo ubicado en el punto donde se encuentran cuatro ríos de ancho lecho, cada uno. Y todos con varias torrenteras que bajan de las montañas.
El pueblo se asienta en el final de una estribación, en la punta de una especie de península, que, en dirección contraria, trepa a las alturas en un suave declive atravesado por un camino que serpentea entre quebradas, praderas, cimas y simas.
Por todas partes –en todo terreno llano de extensión razonable– existe un sembradío: de tarhui, oca, papa –en una quincena de variedades–, cebada, trigo, avena para forraje, mostaza, linaza...
En las laderas: bosquecillos de abetos, la mayor parte, de eucaliptos, unos pocos.
El aire es fresco, el sol intenso, el cielo azul, azul, muy azul, cada vez más a medida que se sube.
Por aquí, por allá, matas de pajarilla parecen alumbrar el paisaje con esa multitud de florecillas amarillas que rematan las puntas de sus tallos. Más cerca del suelo, otras plantas más bajas brillan con centenares de soles pequeñitos: sunchus las llaman.
HACIA LAS NUBES
El camino se bifurca cada cierto trecho, los sembradíos se hacen más escasos y las florecillas silvestres, de pronto, ya casi no hay. En su lugar,las matas de paja cubren la superficie, sus hebras verdi-amarillas se mecen con el viento, se doblan dejando ver un brillo casi metálico.
Curvas, curvas y más curvas marcan la subida. La tierra aquí es de color claro, pero tiene una capa negra de unos 10 a 15 centímetros de espesor. De cuando en cuando, una pareja o una familia de agricultores, nos miran pasar, de pie junto a sus cargas de papas sperando el camión para llevar a venderlas.
KALISTÍA
Cerca de tres horas después de partir de Tapacarí, llegamos a Kalistía. Está al borde del camino que lleva a Independencia y, a primera vista, parece apenas un grupo de unas cuantas peñas coloradas, colosales.
Basta subir al tope de una de esas peñas para que el asombro sustituya la modesta primera impresión:inmensas, desmesuradas formaciones rocosas de un color que varía entre el rosado y el naranja oscuro se desparraman entre praderas verdes como esmeraldas.Enormes manchas de líquenes verduscos, grisáceos, cubren partes de sus superficies estriadas, acanaladas, dentadas en los vértices.
En la cima del sitio, al pie de un peñón, una especie de fuente natural de aguas diáfanas refleja las nubes blanquísimas que se pasean encima.
Hay una cierta solemnidad que impregna el aire, una especie de euforia que satura la sorpresa, una pregunta que no termina de formularse y que se resuelve en gratitud. Gratitud por el regalo de la naturaleza.
Silencio, un vientecillo más frío que fresco sopla tranquilo, silbando entre las pajas. Aquí arriba, a más de 4.100 metros sobre el nivel del mar, el sonido se percibe de otra manera.
Kalistía, su nombre es un misterio, no el único. Es un sitio de parada para las caravanas de burros y llamas que se desplazan entre las tierras altas y las bajas llevando chuño y cañahua para cambiarlos por maiz y hortalizas en el valle.
Asimismo, se observa una gruta semiabierta dividida por un muro bajo: una parte es el corral de las acémilas, la otra, menor, con techo de paja, el dormitorio de los arrieros. Hay una especie de batán, un fogón, y hasta una casa para el perro, todo construido con cuidado, y listo para ser utilizado por los viajeros.
Más abajo, otro conjunto de rocas encierra una gruta que parece salida de un cuento de hadas. En su interior, una laguna cristalina, juncos, plantas acuáticas, pasto y terreno muy húmedo. Arriba, la roca cóncava luce tonos rojizos con venas blancas que a ratos parecen mármol, y a ratos un decorado pintado lleno de “encantos”, donde “la gente se pierde”, agregan los comunarios.
Es un trío de grutas, dispersas y en tres niveles. Ésta, la mayor, “es para el granizo, la de más abajo, para la lluvia fuerte, y la de máaas abajo para la lluvia suave”, cuenta el tapacareño.
Antes, “en el tiempo de los abuelos, la gente venía aquí a cumplir ritos y a pedir”. Si les faltaba agua en sus comunidades se llevaban un poco del cristalino líquido “de la gruta de la lluvia suave”. O hacían ofrendas para luego tirar piedritas en el agua. Entonces llovía en sus tierras.
Magia, de leyenda y de naturaleza. En una grieta horizontal de la pared vertical de roca pura, al final de ella, a una veintena de metros del suelo, asoma una estructura blanquecina, sujetada por una especie de estructura de palitos. Es un nido de cóndor. Inaccesible.
PUNA, SEMIVALLE Y VALLE
Tapacarí es una provincia de dimensiones medianas y un municipio inmenso.
Los tapacareños distinguen tres grandes pisos ecológicos, cada uno con su riqueza agrícola propia.
Y hay también mínería en esta espectacular tierra cuyos paisajes encantan al viajero y cuya historia está ligada a la colonia y el nacimiento de la Bolivia emancipada de España.
Es un lugar mágico como las grutas de Kalistía.




























