El feminismo de Hillary Clinton
Donald Trump ha tomado la delantera de las internas republicanas construyendo murallas y alambradas imaginarias para detener la impronta de los extranjeros e inmigrantes y Hillary Clinton se consagra como vencedora en las demócratas. Es la primera vez que una mujer logra asegurarse tal nominación.
Pero el entusiasmo y la ilusión que despierta hoy Clinton no se asemeja al que, en su momento, inspiró Barack Obama como el primer afroamericano en la Casa Blanca. La mayoría de los votantes menores de 30 años se han decantado por Bernie Sanders, un rival demócrata de izquierda que capitaliza el apoyo de esta generación. Clinton, a pesar de levantar las banderas de los derechos de las mujeres y tender puentes con el ideario feminista, no logra despertar adhesiones de este sector de la población, pues se ha topado con una brecha generacional que no logra revertir, en contraste con Sanders, que renovó promesas de cambio frente al fracaso de un sistema que ya no funciona.
Las propias feministas norteamericanas se debaten sobre si el triunfo de Clinton sería verdaderamente un logro feminista que merece cerrar filas y estrechar complicidades. Al fin de cuentas, el género de los candidatos no es un dato menor en la lucha por erradicar los rezagos sexistas de la composición del poder político en su máxima expresión. Encumbrar a una mujer en el Gobierno de los EEUU puede marcar un hito en la agenda feminista nacional y global. Pero, al mismo tiempo, muchas se preguntan si el feminismo de Clinton alcanza para asegurar una propuesta representativa del conjunto de mujeres que, como las inmigrantes, las mujeres de color o aquellas que en situaciones de pobreza, requieren de compromisos y políticas estatales que enfrenten la exclusión y la explotación, la precariedad y racialización del trabajo, como la violencia de la deportación.
Al verla como representante de una élite política tradicional comprometida con políticas de desregulación financiera y neoliberalización de la economía, sus detractoras dudan. ¿Será suficiente apostar a cuestionar el techo de cristal que impide a las mujeres privilegiadas acceder a las jerarquías de los gobiernos y las empresas corporativas? Algunas feministas aseguran que su feminismo, si bien recoge la demanda del aborto como un derecho humano de las mujeres, se desentiende de la precarización de las condiciones laborales, de la depresión de los salarios y de las cargas del servicio doméstico y familiar o de la discriminación racial que recae en las mujeres con peores condiciones de pobreza.
Esto ha abierto un debate sobre qué significa ser feminista en el siglo XXI. Las generaciones más jóvenes de mujeres se decantan por otros derroteros, saben que no es suficiente llegar a lo más alto y participar en las grandes decisiones sin desafiar el futuro y trastocar el mundo en el que viven. Tener de oponente a Trump probablemente fortalezca la imagen de Clinton como símbolo feminista, pero ciertamente si ella triunfa dejará sin resolver temas de fondo.
La autora es socióloga
Columnas de MA. LOURDES ZABALA C.




















