La consecuencia estúpida
A veces, ser infiel es lo más apropiado, ser desleal es lo más acertado, y traicionar es la mejor decisión. ¿Por qué seguir tomados de la mano y caminando al lado de esa persona otrora extraordinaria que en algún momento nos cautivó con sus ideas de vanguardia y su discurso democratizador, pero que en un tramo del camino se desenmascaró y sacó a relucir una ambición, un egoísmo y un despotismo desmedidos, y entonces nos provocó la duda, y luego la decepción, pues hace ya un tiempo que nos lleva por una ruta distinta, cada vez más distante del destino que nos prometió? ¿Y hasta qué punto debemos esforzarnos por sostener una ideología foránea, surgida de súbito a medio camino, que nos enfrenta con la nación misma, y que lejos de otorgarnos bienestar más bien nos provoca sufrimiento y frustración? ¿Acaso no tenemos el derecho de cuestionar todo, detenernos, e incluso deshacer lo andado y retomar lo nuestro?
En ese momento, luego de sentir la sorpresa y el vértigo que nos provoca una revelación, podremos constatar que en este mundo no hay un credo indiscutible, inmune al desarrollo de la sociedad y del pensamiento, tan sólido y tan terminante que deba aplicarse sin dudar, sin desconfiar y sin debatir durante toda una vida. Y que tampoco existe un hombre tan grande e inmaculado por quien poner las manos al fuego, a quien seguir con los ojos cerrados y con quien saltar al vacío. Si estamos atentos y somos sensatos, podremos soltarle la mano (despegar la lengua de sus suelas, en los casos más patéticos), detenernos (escupir), dejarlo partir hacia un abismo que su vanidad le impide ver, y mirarlo caer.
Entonces ejercitaremos el criterio y seremos más ecuánimes con el mundo y dejaremos de simplificarlo y dividirlo en dos extremos contrarios, sólo para entenderlo con más facilidad y menos esfuerzo. Esta tierra de nadie no está poblada exclusivamente de héroes y villanos, de buenos y malos, de santos y pecadores. Nuestra realidad no está definida por un contraste absoluto de claros y oscuros, sino por una extensa escala de grises que la enriquecen y la hacen muy compleja. Tanto nuestros caudillos y nuestros adversarios, como nosotros mismos, tenemos numerosos aciertos y errores, alguna vez realizamos un buen trabajo y otras uno mediocre, en ciertas ocasiones somos generosos y en otras mezquinos, en alguna situación somos abusivos y en otra moderados. El pensamiento dicotómico es infantil, y cuando uno crece está obligado a tomar en cuenta muchas más variables y conjugarlas para tomar una decisión, para elaborar una opinión, o para juzgar a un individuo o a un contexto.
Aquel será un paso importante para alejarse de la ignorancia, y a la vez del fanatismo, del racismo y el populismo que en este momento tienen al mundo en un estado de intensa tensión, y en particular a nuestro humilde país dividido en dos frentes que combaten entre sí de manera irracional y apasionada. Seremos desleales, infieles y traidores con las doctrinas opresivas y con los líderes tiranos (los de antes, los de ahora), los miraremos de frente y los desafiaremos a debatir. Seremos más críticos y a la vez más justos. Nuestra opinión será cada vez más fundamentada y sólida, y nuestras ideas estarán siempre apoyadas en la democracia y en el bien común. Nos sentiremos más útiles y más dignos. Recuperaremos la individualidad y nos alejaremos del rebaño. Ningún partido político, ni una religión oficial, ni una tradición social, ni un guía espiritual, ni mucho menos la conferencia embaucadora de un “motivador”, merece una fe ciega. A veces es mejor quedarse solo: aislarse, tomar distancia, pensar. Y con el tiempo, ayudar a construir un yo colectivo consciente, muy alejado de la consecuencia estúpida.
El autor es Arquitecto
Columnas de DENNIS LEMA ANDRADE





















