Enamorados de la duda
Lo que está pasando con Nadia Beller y Fernando Cerimedo es imposible de ignorar.
Creo que el martes fuimos atropellados por una cantidad enorme de información difícil de digerir y procesar, no solo por su gravedad, sino también por la velocidad y el dramatismo con que fue apareciendo.
La noche del miércoles, mareada de tanta información, me he dado no más por vencida en la tarea de “develar la verdad” y concentrarme en aquello que sí puedo y creo que debo analizar.
La verdad es que no soy forense. No sé de calibres de pistolas. No tengo idea de cómo se ve realmente una herida de bala fuera de Hollywood y de alguna que otra novela mexicana o colombiana. Cualquier cosa que yo diga sobre esos aspectos carece de verdadero peso porque, en el fondo, solo podría especular.
Puedo tener dudas, sospechas y reparos. Pero no sería responsable convertirlos inmediatamente en comentarios o análisis públicos.
No todo el mundo va a actuar con esa responsabilidad. Ni modo: así funciona la opinión pública. Pero nosotros sí podemos intentar consumir la información de manera responsable.
Ahora, sobre lo que sí creo que puedo decir algo es:
1. El problema del poder sin trazabilidad
Incluso si mañana Fernando Cerimedo fuera completamente desvinculado penalmente del atentado, este episodio deja abierta una pregunta que existía antes e independientemente del ataque: ¿Quién tiene acceso al Presidente y bajo qué reglas?
El Gobierno ya confirmó hace tiempo que Cerimedo trabaja directamente con Rodrigo Paz, pero no pertenecía a la estructura estatal, no recibía un salario del Estado y el financiamiento de sus servicios provenía de “fuentes externas”.
No hay transparencia sobre ese financiamiento por lo que en realidad no sabemos a quién responde Cerimedo.
En una democracia sana, los ciudadanos sabemos quiénes son funcionarios públicos, cuánto ganan y cuáles son sus atribuciones. ¿Qué hacemos, entonces, con personas que pueden ejercer una influencia considerable sobre quien gobierna, pero que existen fuera del organigrama estatal, del presupuesto público y de los mecanismos ordinarios de rendición de cuentas?
Y ojo, el problema no es que un presidente tenga asesores. El problema comienza cuando existe influencia sin trazabilidad.
2. Este caso pone a prueba nuestra, ya débil, institucionalidad.
El Gobierno ha dicho, correctamente, que nadie está por encima de la ley. Ahora toca demostrarlo. En teoría, la cercanía de Cerimedo con el Presidente no debería aumentar ni disminuir su probabilidad de ser considerado culpable. Pero sí aumenta enormemente la necesidad de garantías sobre la independencia de la investigación.
Cuanto más cerca está del poder una persona investigada, más importante resulta que la ciudadanía pueda confiar en la cadena de custodia de las evidencias, en la autonomía de fiscales y jueces, en la protección de la víctima y en que no existirá interferencia política.
El problema es que todos sabemos que Bolivia no es ese país. Bolivia no tiene una institucionalidad lo suficientemente fuerte como para generar automáticamente esa confianza.
Y eso hará que este episodio se convierta en un enorme mercado de historias: cada quien comprará aquella que le resulte más cómoda creer.
Aquí cobra mucho sentido una distinción clásica de la ciencia política entre Estado y Gobierno. El Estado son las instituciones. El Gobierno son las personas que, temporalmente, las administran. Si tuviésemos un Estado fuerte, con instituciones creíbles e independientes, podríamos confiar en una investigación que incomodara al Gobierno de turno.
Pero en Bolivia tenemos varios gobiernos, pero muy poco Estado: gobiernos pasajeros, de izquierda, de derecha, de más aquí o de más allá, que una y otra vez terminan reproduciendo prácticas de corrupción, manipulación y uso político de las instituciones.
3. Este caso probablemente abrirá además un nuevo episodio de polarización.
Ya está ocurriendo. Para algunos, la historia política de Nadia Beller determinará cuánto están dispuestos a creerle. Para otros, la cercanía de Cerimedo con el Gobierno bastará para dar por demostrada su culpabilidad.
Ambos razonamientos son intelectualmente pobres.
La violencia contra una mujer no se vuelve más o menos grave según su historial político, y la presunción de inocencia tampoco depende de la simpatía que nos produzca el acusado.
Pero tener ese manejo emocional es muy difícil en el contexto en el que muchos estamos consumiendo esta información mientras hacemos horas de cola por gasolina o mientras volvemos del mercado con menos cosas en la bolsa porque todo está cada vez más caro.
4. Sobre nuestra relación con la información.
El propio carácter de este caso genera un mercado gigantesco para el rumor: audios, videos, capturas, versiones, filtraciones, interpretaciones, testimonios, supuestas pruebas. Todo aparece al mismo tiempo.
Vivimos una paradoja: nunca habíamos sabido tantas cosas tan rápidamente y nunca habíamos tenido tanta dificultad para saber cuáles son ciertas.
Por eso, en vez de desesperarnos por tener respuestas inmediatas, tenemos que ponerle correa a nuestra propia mente.
Preguntarnos, una y otra vez: ¿Qué sabemos realmente? ¿Quién lo afirma? ¿Qué evidencia existe? ¿Qué falta demostrar?, y ¿ qué evidencia sería capaz de hacernos cambiar de opinión?
Quizá esa sea la tarea más difícil estos días: aceptar que podemos observar, preguntar, desconfiar y analizar sin sentirnos obligados a construir inmediatamente una historia completa.
Una cosa es tener dudas. Otra es enamorarnos de ellas.
La autora es politóloga
Columnas de ANA LUCÍA VELASCO





















