El Che a tres tiempos: Pasado: el culto
“A él al principio se le decía doctor Guevara o Ernesto Guevara, pero cuando vimos que él se hacía burla de nuestra manera de hablar, entonces en represalia ya no le dijimos nunca más Guevara ni Ernesto, le decíamos el ‘Che’, ahora todo el ‘Che’ y ‘Che’ … se lo decíamos muchas veces con un poco de sorna, para refregarle en la cara lo que él nos había hecho a nosotros. Nunca nos vio completamente como compañeros”, relata el periodista cubano De Cárdenas, combatiente también en Sierra Maestra, indicando algo de la personalidad de la figura.
A su final, la imagen del ‘guerrillero heroico’ fue un apelativo creado para el Che por Fidel Castro y ha sido instalado en el imaginario colectivo, principalmente en Latinoamérica. A partir de su inmolación, se lo ha transformado en un Cristo de los pobres, y todos sus rostros parecen expresar la ferviente esperanza y tenacidad de los dignos aunque desvalidos. Se ha movido al culto de su imagen y se ha dado modo a la religiosidad popular entorno, con un conjunto de prácticas culturales que tienen analogías con las tradicionales del cristianismo. Otra vez: la muerte, el sacrificio y, el espectáculo.
La religiosidad popular al Che ha creado dogma de fe, y, por tanto, es fuerte porque no requiere ya ser validada sino creída. Así, este octubre en Vallegrande–Bolivia, suceden encuentros, congregaciones, romerías, ofrendas, adoraciones de reliquias y de lugares sagrados, por parte de penitentes de toda Latinoamérica, aunque todo desde la pura alabanza al estratega militar, al ideólogo, al filósofo, e inclusive al poeta y literato.
Pero 50 años no han sido pocos tampoco para rendir las presunciones dogmáticas ante el avalúo cientista aún el esponsoreo del Estado cubano y de Fidel Castro que definía al Che como el “hombre de conducta intachable… moralmente superior… de una exquisita sensibilidad humana… sin mancha” intentando colocarlo en el limbo de los comunistas inmortales, junto a Marx y Lenin, y proclamándolo ‘hombre nuevo’ al que los jóvenes debían tratar de emular en lo futuro, diluyendo al viejo revolucionario y naciendo al nuevo santo.
El patrocinio cubano sin dudas es uno de los elementos que vitalizaron el culto, pero no fue el único. El propio Che ya en vida estaba en permanente fabricación de su propia leyenda. Si Fidel, como todo político, aspiraba a perdurar; el Che, como todo aventurero, elegía extinguirse en su momento más glorioso, consumarse en el acto absoluto de la lucha hasta la muerte. Esta intransigencia de los ideales no ocultaba la búsqueda de construir su propia estatua muriendo en el fragor de su aventura guerrillera ‘por un ideal y entregando su vida por ella’. Este argumento efectista y efectivo soslaya que haya matado por imponer sus ideales, y que haya muerto en el marco de su cruel milicia es un detalle adjetivo. En definitiva, él buscó afanosamente esa muerte y la encontró en su ley. En su postrera aventura, el Che y sus guerrilleros mataron a 59 bolivianos defensores de su patria.
Antes, renegó de su origen y dejó su tierra; con el título de médico declinó su ejercicio; intentó fallidamente fabricar un medicamento con talco; con la promesa de volver abandonó en un leprosario de Venezuela a su amigo Alberto; intentó en vano la defensa del Gobierno en Guatemala; como intendente prohibió la bebida y el juego revocándola al día siguiente; perdió su matrimonio con Hilda; publicó su libro Guerra de guerrillas poniendo en peligrosa evidencia los secretos de la subversión armada; subestimó el bloqueo norteamericano y hundió su misión diplomática de hacer un acuerdo; su plan de industrialización acelerada de Cuba provocó debacle de la zafra azucarera; perdió con los economistas rusos la controversia sobre los estímulos; no pudo convencer a China hacer guerrilla en América Latina; no estuvo cuando su madre murió de cáncer; abandonó la lucha en el Congo; le armaron una guerrilla inverosímil en Bolivia; fue padre de cinco hijos y los dejó librados a su suerte.
Con todo, el culto a la imagen del Che tuvo los elementos suficientes que poseían los mitos pop del siglo pasado: murió joven, en medio de la fama, fue rebelde, aventurero y además ‘buen mozo’ para los públicos femeninos. Fue todo. Pero es suficiente para el culto.
El autor es doctor en Políticas Educativas.
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