El Che a tres tiempos Presente: la Marca
El clímax de la iconografía fotoperiodística son las dos tomas del Che, una vertical y otra horizontal, que Korda guarda siete años sin publicar. Desde allí, el Che culmina su mutación a marca
Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controla el futuro, hay que creerlo. La ingeniería que maneja la imaginería del Che, al presente lo ha convertido en marca, su pasado es culto y su potencial futuro será mercado. Este octubre en Vallegrande–Bolivia, se especula.
Quien ocultó sus despojos es hecho personaje etéreo, ha sido convertido en imagen, en ícono, en marca de un producto: la revolución concreta.
Una puesta en valor de su imagen, da tratamiento de ‘desaparecido’ a quien fuera muerto, de ‘inmolado’ a quien viviera a tiro de bala, de ‘santo’ a quien fuera marxista irredento. En lugar de ser un exclusivo patrimonio del revolucionario bolchevique, la imaginería política ha pasado al Che a los dominios del esnobismo cultural progresista y del turismo de aventura.
Pero este complejo caminamiento se ha alzado en 50 años. Los años que conmemora la mitad occidental del mundo, porque la otra mitad social-comunista a cuya ideología sirvió tan fervientemente el Che, ni lo conoce ni lo recuerda. Ni en las calles de Moscú ni en ninguno de los países del bloque socialista europeo, tampoco en las capitales del Asia Roja con las que el Che se identificó más: Pekín, Hanoi, Pyongyang. Mucho menos en el África donde tuvo aventuras libertarias. Con todo, el mito permanece y dura.
Este mito, en particular, descansa en la percepción visual, mucho más poderosa que la oral, y se afirma en la repetición permanente de su imagen, de su fotogénico rostro, notablemente explotado a partir de una afortunada foto del cubano Korda y de la que una vez muerto el Che un mercader italiano vendiera millares de copias sin que su autor lo supiera. Lo que dio mayor vigor a su sacralización fue el hecho de que el Che haya muerto en el fragor de su aventura guerrillera, asegurándole permanencia como símbolo de la revolución y rebelión juvenil.
Claro que la mitificación no ocurrió espontáneamente ni fue generada únicamente desde la sorpresa social. Fue expresamente trabajada por la ingeniería política cubana. Evidentemente bien trabajada, pero su génesis fue un proceso de autoconstrucción. El victorioso Comandante del Ejército Rebelde, en menos de 10 años, asume una inmensa cantidad de funciones y cargos, recorre el mundo exponiendo su carismática imagen y su palabra intensa, y se instala en el imaginario colectivo del joven rebelde, hippy, sexualmente libre, usuario de drogas, rockero y generacionalmente separado. Aunque las misiones diplomáticas encargadas por su go-bierno no tuvieran éxito casi, el propio Che asumió rol de imagen de exportación. Estando vivo y después, la imagen del Che, ícono de la sociedad del espectáculo, fue sostenida por una efectiva red propagandística que logra separar al sujeto respecto de su vida y lo guarda en un tiempo mítico y sagrado en el cual domina la apa-riencia y la representación.
El clímax de la iconografía fotoperiodística son las dos tomas del Che, una vertical y otra horizontal, que Korda guarda siete años sin publicar. Desde allí, el Che culmina su mutación a marca. El mítico retrato es ciertamente una imagen enigmática: la boina, el largo cabello desaliñado, la estrella, y la mirada al horizonte. La boina la usa el estado mayor de la revolución cubana y toca al guerrillero libertario, mientras que la estrella en la boina atestigua el grado de Comandante alcanzado combatiendo con la segunda columna del ejército rebelde. Como efecto plástico, la boina se funde con el cabello largo al viento cual marco coronado por la estrella de cinco puntas, como los cinco sentidos corporales donde confluyen los principios masculino y femenino cuyo deseo supremo es superar el espacio-tiempo terrestre y alcanzar el firmamento. Con semblante concentrado, incógnito y turbador, el Che está mirando al horizonte en un gesto mezcla de determinación y dolor, como dialo-gando con el espectador. El ícono alcanza su efectivo valor a la noticia de la muerte del personaje, y entonces la muerte ocupa lugar central en la articulación del binomio culto–sacrificio, atrayendo simpatías generacionalmente transversales. Y ya. Se ha completado el proceso que da corpus al ícono político: la muerte, el sacrificio y, el espectáculo.
El autor es doctor en Políticas Educativas
Columnas de OMAR SUCRE PÉREZ





















