El folclore en el fútbol
Es un deporte que mueve multitudes, lo que lo convierte en un poderoso aglutinador de masas. Desata pasiones muchas veces indescriptibles, en una lógica que va más allá de la imaginación. No me equivoco entonces, cuando señalo que no hay nada en el mundo que unifique más y mejor que el fútbol como expresión deportiva y como instrumento de unidad colectiva, así como no me equivoco cuando añado que nada hay que divida y genere más violencia y confrontación que la rivalidad provocada por este deporte. Evidentemente, y cabe el paréntesis, me estoy refiriendo a actividades lícitas, no aquellas que no siéndolo, constituyen sinónimo de criminalidad.
Por tanto, este es un deporte que como ningún otro, es capaz de hasta generar rencillas familiares por lo que ya bien decía alguien, uno puede cambiar de trabajo, de ciudad, de pareja, pero jamás cambia de equipo de fútbol. Ese sentimiento se lo lleva tan dentro, que la línea que marca –siendo delgada– lo racional frente a lo irracional y delictual, ha generado en el mundo del fútbol dos bandos.
Uno de ellos, donde nos encontramos la mayoría, en espacios en los que se disfruta, se goza con las victorias del equipo y se sufre con sus derrotas; se vence el estrés con los títulos obtenidos hasta el punto que uno es capaz de volverse un hábil manipulador del control remoto cuando junto a ti hay alguien que pelea por otro canal. El otro bando es el peligroso. Asumen, con ignorancia supina, que las manifestaciones verbales y corporales de agresión y destrozo, forman parte de usos y costumbres propios del fútbol, folclore lo llaman. Creen que mostrando esa faceta, juegan un rol de preponderancia en una actividad de por sí poderosa por su grado de penetración social, cuando en los hechos no son más que vándalos que se cobijan en barras conformadas para alentar a un equipo sin otro propósito que no sea ese, el aliento deportivo.
Pues bien, un club deportivo de fútbol, representado por su primer plantel, marca una identidad territorial, como la selección de un país. En un departamento o provincia, conjuntamente con los signos y distintivos patrios, el escudo y emblema del equipo constituye referente visual de innegable significancia y valor. Con el tiempo, los colores de la bandera del club adquieren un uso tan relevante, que se llega a crear una amalgama de pasiones, sentimientos, amores y desamores que terminan en un hito de insoslayable atención: el fanatismo.
Y es el fanatismo, utilizado como sinónimo de delincuencia por pequeños sectores, que nos obliga a luchar por erradicar la discriminación en estadios y la violencia entre contendientes. Es una lucha que aun comienza y que en Europa ha sido asumida con notable seriedad. En nuestro país, es una tarea aún pendiente que ha cobrado nuevamente la atención generalizada a raíz de la inaceptable agresión de la que fue objeto el jugador Serginho. Hoy, hay voces que hablan de no afectar el folclore del fútbol a título de equiparar usos y costumbres de esta disciplina con actos de racismo, lo que nos obliga no solo a trabajar con las hinchadas, también con la dirigencia.
Termino aquí: las sociedades evolucionan en la medida que se adquiere el conocimiento. Ha sido así desde la Edad Antigua con la aparición de la escritura y en las civilizaciones de la antigüedad como la griega, egipcia y romana hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, pasando después por la Edad Media y la Moderna, hasta la Edad Contemporánea que comenzó allá, en la Revolución Francesa. El conocimiento nos hace diferentes y con él, la educación y la capacidad para crear y acatar normas, y vivir en sociedades donde el bien jurídico a proteger sea la dignidad humana y su respeto. Esa es, hoy, a la luz de los hechos en el fútbol boliviano, la titánica tarea de todos los actores involucrados, incluido el Estado. “Saquémosle roja al racismo”, marca el inicio de un esfuerzo por honrar al ser humano y su dignidad.
El autor es abogado.
Columnas de CAYO SALINAS