Confesiones poscovid
En tres días, tres miembros de nuestra familia daban positivo al coronavirus. Primero fue mi hijo mayor, que comenzó con síntomas de un resfrío común para acabar con fiebre y tos. Luego, mi hijo menor, que sólo presentó dolor de cabeza, garganta y decaimiento. Y finalmente, mi esposo, quien inició los síntomas con un agudo cuadro de tos.
Mi hijo del medio y yo no nos infectamos a pesar de convertirnos en cocineros, enfermeros y asistentes 24/7.
Para mí, el miedo fue el peor síntoma. Intentaba no preguntar tantas veces al día cómo se sentían y mi mente trataba de esquivar mis temores.
La alimentación, los cuidados y las rutinas transformaron nuestros días; las visitas médicas, las idas al hospital, a la farmacia, al laboratorio y demás parecían nunca acabar. Mi cama improvisada en la sala de TV obligaba a noches en desvelo pensando qué iba a hacer si alguien...
Inventé jarabes, jugos y regué la casa de eucaliptos y otras plantas; inventé fuerzas y energías a veces sin poder disimular el pánico que me invadía, pero me aseguré de nunca caer: “Yo no me voy a enfermar” y desafié al virus tocando la frente de mis hijos, ingresando a sus dormitorios a asistirlos, e incluso durmiendo las primeras noches junto a mi marido asegurándome de que la neumonía no empeorara.
Lo peor del coronavirus es todo lo que guardas en la cabeza y en el corazón, todo lo que escuchas y todo lo que sientes. Es lidiar con los miedos y esos pensamientos que, aunque tratas de evitarlos, te invaden y asfixian.
Cuentas los días y te alivia la suma de las horas vencidas.
Los médicos son una lotería maniquea: los malos y los buenos, no hay término medio. Los que pretenden atenderte por zoom y lo hacen, y los que van a tu casa, a la antigua.
Los amigos son una bendición: te llenan de consejos, recetas, buen ánimo y llamadas. El Juan Carlos (Viscarra) y la María del Carmen (Ruiz Martínez) fueron nuestro soporte. Álvaro Quiroga, nuestro médico, muy joven él, nos terminó de dar mayores certidumbres.
Gracias a todos ellos y a Dios por no soltarnos la mano y darnos la fortaleza que necesitamos.
La autora es comunicadora social
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