No hay palabras
La razón y las palabras fallan de tal manera que lo único que aparece como respuesta es el grito al cielo en desesperada acción de incredulidad. La boca seca y las palabras mudas ya no se articulan ni se hacen parte del vocabulario, la sociedad a la que invita este acto es tal que el diccionario de improperios no alcanza a identificar medianamente lo que se siente.
Los hechos son terroríficamente brutales y simples un asesino, que viola repetida mente a una menor y que la deja embarazada, es lo peor que puede pasar a nadie.
La violación ya es de por sí un crimen de lesa humanidad sancionado por la ley del país. La defensa de la niñez y la adolescencia es objeto de una ley que, supuestamente, ampara a los individuos en esa categoría de edad. La Constitución Política del Estado Plurinacional, es también clara en su propósito de defender los derechos de las personas y su compromiso con la vida.
Lo que tenemos aquí no es un argumento de aborto o no, lo que tenemos es una víctima que ha sido sometida a una crueldad ya superior a la razón y a las buenas costumbres que supuestamente la ética y moral nacional deploran.
A título de rechazar el aborto la Iglesia está de hecho justificando la muerte tanto física como social de una niña que ha sido víctima de violación.
Dentro de la misma ley, una persona que es responsabilidad, en última instancia, del Estado no puede ser sujeta a ningún tipo de argumentos ni de parte de la Iglesia ni de parte de los medios ni de parte de nadie. Los progenitores de esa pobre persona han dicho que la criatura continúe con su embarazo, continúe muriendo en vida con un cuerpo que no está ni siquiera preparado para levantar pesos superiores a sus propias fuerzas. En su tierna edad, esta criatura víctima de una aberración social, de una brutalidad máxima todavía tiene que pasar un embarazo, ni deseado, ni sugerido, ni nada parecido a la mínima razón y sobre el que todo el mundo se cree en el derecho de opinar.
Yo soy padre y soy hijo y hermano y puedo garantizar que en mi cabeza no cabe, ni por una milésima de segundo, el considerar que esa persona está embarazada esa persona está sufriendo los efectos de una violación repetida. Eso no es embarazo es una afrenta a todos y a todas las personas con sanidad mental y con solidaridad social.
¿Cómo se puede siquiera considerar que una infante sea responsable mínimamente de otra infante? ¿Acaso eso no es ya de por sí criminal?
La Defensora del Pueblo ha sido clara en defender la vida de esta infante demandando el término del embarazo. Esta posición está subrayando la defensa de los derechos de una persona que, de otra manera, sufre el riesgo de quedar discapacitada o incluso de perder su propia vida. ¿Quién en sano juicio racional y humano puede, a título de defender la vida, querer matar física y socialmente a una infante?
Un cuerpo de 11 años no está preparado ni para un embarazo ni para dar a luz. Se sabe a ciencia cierta que los efectos del parto en una infante son devastadores.
No debemos antagonizar los argumentos, aquí no hay dos hay uno solo. La vida y los derechos humanos de una niña de 11 años.
El autor es filósofo y sociólogo
Columnas de CARLOS F. TORANZOS