Parece ayer cómo han pasado los años
Estimados lectores, en esta ocasión hago una pausa en los temas aeronáuticos que durante años compartí en distintos medios para abordar algo más personal. El objetivo es aclarar algunas inquietudes de nuestros seguidores y compartir una reflexión basada en la experiencia de los años vividos.
Antes de dedicarme plenamente a la aviación, tuve una importante relación con la actividad minera en Bolivia, donde me fue muy bien como socio de empresas privadas. Esa etapa quedó reflejada en el libro “Un hombre y la minería”, escrito junto al reconocido ingeniero Carlos Oroza (QEPD), donde se relata mi trayectoria en ese ámbito, incluso colaborando en algunas empresas sin recibir remuneración
Mi ingreso al mundo aeronáutico ocurrió casi por casualidad. Mientras estudiaba motores, en 1968 entré a esta actividad, a la que he dedicado gran parte de mi vida hasta la actualidad.
Cuando uno mira hacia atrás se da cuenta de lo rápido que pasan los años. Me casé en 1962; mi primer hijo nació en 1963. Más tarde, en 1988, llegó mi primer nieto, y en 2009 nació Mario Andrés, mi bisnieto. Para el año 2026, estaré llegando a los 91 años. El tiempo parece haber pasado en un suspiro.
Entre los recuerdos más entrañables que guardo están los matrimonios de mis nietos. Recuerdo con especial emoción la boda de Patricia y Eneas. Fue un momento muy grato verlos celebrar rodeados de sus seres queridos, con sus padres presentes y también con la presencia de mi nieto Andrés, hermano de la novia. Nunca olvidaré cuando mi nieta Paty “Foquita”, dijo “sí, acepto” en el altar en Zermatt, en los Alpes de Suiza, un lugar conocido por su belleza, por sus bodas de celebridades y por la práctica del esquí sobre la nieve.
Aquella escena me sorprendió profundamente. Cuando ella partió siendo aún una niña a vivir primero en La Paz y luego en Estados Unidos, yo conservaba en mi memoria la imagen de una pequeña vivaz. Hoy es una mujer adulta, una gran profesional, una excelente ejecutiva que ha formado su vida en Suiza. Ver esa transformación es admirable.
También recuerdo con cariño a Steffy, mi nieta, quien se fue a vivir a Brasil y me sorprendió invitándome a su matrimonio en la Fazenda Santa María de Morungaba, en São Paulo.
Mi nieto Andrés Klaric, que durante muchos años fue mi compañero de viaje, hoy es un importante banquero. Andreíta, otra de mis nietas, también compartió conmigo varios años de viajes. Siempre me demostró un gran afecto, especialmente el día en que me operaron del corazón, cuando amaneció sentada en un sillón acompañándome hasta que recuperé fuerzas. Hoy es una destacada ejecutiva y está casada con Andrés Montaño, a quien considero como un “medio nieto”. Juntos incursionaron con gran éxito en el área de la construcción, ya que él es ingeniero civil.
Alejandrita, la más pequeña de mis nietas, también nos dio un momento difícil cuando nos anunció que viajaría a España para estudiar marketing. Aunque su especialidad duró dos años, para mí parecieron una eternidad.
Y qué decir de Andrecito, mi bisnieto. Nunca imaginé que estaría vivo para verlo entrar a la universidad y mucho menos para que me lleve a pasear conduciendo su propio automóvil.
Todos estos momentos que la vida me regaló me han permitido revivir el pasado y disfrutar plenamente el presente. He tenido el privilegio de ver crecer a mis hijos, a mis nietos y también a mis bisnietos Olimpia, Max, Andrés y July. Y esa es, sin duda, una de las mayores bendiciones que alguien puede recibir.
Hoy dejo por un momento las notas de aeronáutica para compartir estos recuerdos que endulzan mi vida junto a mi familia. También para reflexionar sobre una verdad que a veces olvidamos: los años pasan muy rápido, casi sin que nos demos cuenta.
Ojalá estas líneas inviten a pensar en lo verdaderamente importante, porque el tiempo nunca se detiene.
Columnas de Constantino Klaric

















