Julio
Séptimo mes del año. Vertiginoso paso del tiempo. En el sur suena a invierno, a frío y noches largas. En Bolivia, a la fundación de Tarija el 4 de julio de 1574, conforme a la historiografía oficial. Según ella, el Virrey Toledo ordenó a Luis de Fuentes y Vargas que funde una villa. Lo hizo con una comitiva de soldados españoles, sus aliados indígenas y frailes dominicos. La llamó Villa de San Bernardo de la Frontera de Tarija.
Hace un tiempo surgió una discrepancia por el hallazgo del “Repositorio de Juan de Grájeda” en la Universidad de Indiana en EEUU, revisado por el doctor Mario Barragán, acucioso investigador. El notario Grájeda registró los sucesos de 1539, cuando Pedro de Candia y Pedro Anzúrez de Camporredondo fundaron el pueblo de Tarija el 6 de septiembre.
La discrepancia está plantada. Recuerda que la historia es una versión sobre el pasado y no el pasado mismo. Igual, cada 4 de julio se celebra el aniversario de fundación de Tarija por considerarse que la de 1539 fue precaria y temporal, y la de 1574 estableció una población que ha perdurado ininterrumpidamente.
La celebración tiende a hacerse más ostentosa, con actos reservados para la efeméride departamental: ofrendas florales, desfiles, discursos vacíos con anuncios intrascendentes aplaudidos por los adláteres del poder. Corte de tráfico y desorden, bullicio por bandas “de guerra”, en un Estado “pacifista”. Pronto las fechas de fundación de las ciudades se añadirán a los tantos feriados con suspensión de actividades públicas y privadas. Es que entre feriados y pobreza hay una correlación.
Julio suena también a la efeméride de La Paz, la del 16 en 1809. Pedro Domingo Murillo es una clave de aquel movimiento finalmente sofocado con un contraataque de las fuerzas realistas a comienzos de 1810. Como sucedió con sus similares a lo largo y ancho de la Real Audiencia de Charcas. La España de Europa no quería que la España de América se separe porque juntas hacían un gran imperio. El más grande del mundo.
Por entonces el contexto de España era muy complejo. La invasión napoleónica desató una guerra de múltiples frentes y vacío de poder. En buenas cuentas, al ser la “Madre Patria” agredida, sus hijos quisieron emanciparse. Tal vez haya que replantear la historia oficial y, con Roberto Laserna, preguntarse qué se celebró en el bicentenario.
Entretanto, también julio en La Paz suena a programa similar y, en especial, a la gran verbena. Cómo no. Es que mientras peor va a los pueblos, más consuelo inventan. Para sobrevivir a sus tiempos malos, claro.
Este mes no deja de sonar a García Meza y sus secuaces, al funesto golpe de Estado del 17 en 1980. Suena a la muerte/desaparición de Marcelo Quiroga, Carlos Flores y Gualberto Vega. Suena a cuando las dictaduras no se vestían de democracia como pasó después.
Y julio suena además al colgamiento de Gualberto Villarroel, militar que ascendió a la Presidencia el 20 de diciembre de 1943 por un golpe de Estado respaldado por la logia Razón de Patria (Radepa) y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) contra Enrique Peñaranda, conservador.
Su gobierno combinó medidas de corte social y sañuda represión contra la oposición, mezcla explosiva de incubación sostenida. Su muerte se produjo el 21 de julio de 1946, en uno de los momentos –entre tantos en la historia boliviana– de extrema violencia que se desató con una agitación social creciente encabezada por maestros y estudiantes apoyados por sectores políticos conservadores aliados en tal coyuntura con el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), marxista.
Gualberto Villarroel fue considerado un presidente mártir por unos y un tirano para otros. Filemón Escóbar, el famoso dirigente minero de las difuntas Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (Fstmb) y Central Obrera Boliviana (COB), recordando su niñez afirma en su libro De la revolución al Pachakuti que Villarroel era la figura paterna de los huérfanos de la Guerra del Chaco acogidos en el Hogar “Méndez Arcos” de La Paz. Dice el líder obrero que el Presidente visitaba regularmente el establecimiento para asegurarse de que los niños y adolescentes estaban bien alimentados y no sufrían malos tratos.
Liber Forti, el anarquista asesor cultural de las mismas organizaciones, fue testigo presencial de los dramáticos hechos de 1946 en la sede de gobierno. Él veía en el caso del militar asesinado por la turba una evidencia de cómo el poder se apodera de aquéllos que creen haberlo tomado, convirtiéndose en sus siervos y, por tanto, en sus víctimas. “Este hombre no quiso salvar su vida, pese a que hubo varios que se lo pidieron, casi suplicando, y no sólo una vez”, reflexionaba en voz alta. “Antes que soltarse del poder, optó por entregarse a la muerte, ¡y de qué forma tan atroz!” decía.
Y, finalmente, julio suena a indignación contra el crimen organizado y a la debilidad del Gobierno que condena a la indefensión. A negativa a dejarse aniquilar y a decisión de reinventarse. El tiempo lo dirá.
La autora es abogada
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