
BITÁCORA DEL BÚHO
“El Episcopado Latinoamericano no puede quedar indiferente ante las tremendas injusticias sociales existentes en América Latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza cercana en muchísimos casos a la inhumana miseria” (…)
(…) “Sobre el continente latinoamericano Dios ha proyectado una gran Luz que resplandece en el rostro rejuvenecido de su Iglesia”. (…)
No sé, nadie lo sabe en definitiva, cuál será nuestro último adiós, nuestras últimas palabras, ese adiós que a diario y en silencio va tallando su inevitable destino a la sombra tenue de nuestra existencia.
Si la vida misma es incierta, la muerte ha de ser uno de los hechos más enigmáticos de la humanidad, una pérdida insustituible que, aun estando seguros de su llegada, nos aterra pensar que tarde o temprano nos llevará sin remedio alguno.
Era el 10 de abril de 2006, una fecha histórica para los inmigrantes, también, desde luego, para los estadounidenses que, atónitos, observaban por la televisión cómo ese inmenso espacio ubicado en el centro de Washington DC, próximo al emblemático obelisco, era ocupado lentamente por miles y miles de inmigrantes marchando en pos de una amplia reforma que los sacara de las sombras y mostrara sus verdaderos rostros.
(…) Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá ya que haber recorrido alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?
Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también este portón que haber existido ya?
¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas venideras? ¿Por tanto, incluso a sí mismo?
La soberanía y el poder reside en el pueblo, presidente Morales, al igual que mi voto en la urna elige a mi gobernante por un período, no lo perpetúa ni le da poderes plenipotenciarios para asumir un rol de emperador.
Vaya desdichada coincidencia, mientras comienzo a escribir este artículo, caliento mis ánimos releyendo “Los enemigos íntimos de la democracia” de Tzvetan Todorov, uno de los pensadores más brillantes de este presente y que con más claridad y crítica ha desmenuzado a ese “enemigo que está en nosotros mismos” y a “nuestra democracia enferma de desmesura”.
El nacimiento de Alfredo Domínguez Romero se produjo el 9 de julio de 1938, en Tupiza, capital de la provincia Sud Chichas del departamento de Potosí, fueron sus padres don Cesáreo Domínguez y doña Eleuteria Romero, ambos oriundos de Tupiza, como dice la canción, un pueblo encantado por su naturaleza y la hospitalidad.
“Desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo”
El tiempo, ha dicho Susan Sontag, existe para que sucedan cosas. El espacio, para que no sucedan todas al mismo tiempo. Tiempo y espacio son una dualidad indisoluble que no se bifurca. Parecen unirse en el horizonte, similar a los rieles de un tren, paralelos, juntos, pero sin empalmarse. El tiempo es razón/es, el espacio, acción/es. En medio yace una trilogía que marca la razón de ser de esas acciones; pasado, presente y futuro. ¿Pero qué es el pasado sino un presente que siempre nos observa al revés? ¿Un hálito de vida? ¿Un centinela del olvido?
Un optimista es aquel al que no le han contado toda la historia, decía el escritor colombiano Álvaro Mutis. Con razón en “Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero”, obra emblemática y de gran contenido humano, muestra los caminos de la libertad, la aventura y de esa persistente forma de solazarse que tienen los humanos, buscando la esquiva y escurridiza felicidad.

