
BITÁCORA DEL BÚHO
En un tiempo en que las noticias suelen pesar más por lo que destruyen que por lo que celebran, ha emergido desde la espesura herida de la Chiquitanía una historia improbable: la del escarabajo Pometon bolivianus, un ser diminuto que, sin pedir permiso ni hacer ruido, ha terminado por conquistar la atención del mundo. ¡Ahora es campeón mundial!, tras una victoria aplastante en un certamen celebrado en Estados Unidos.
Hace unas semanas publiqué, en esta misma columna, un artículo sobre la pulseada que Donald Trump ha emprendido contra China, con la firme intención de sacar de escena al gigante asiático y, mediante maniobras políticas de dudosa intención y procedencia, lograr que Latinoamérica se incline nuevamente hacia el país del norte, dejando de lado su “romance comercial” de más de dos décadas con el sello “Made in China”. Sustituir el “Xièxiè” Xi Jinping, por el “Thank you”, Mr. Trump.
“Oh my God!”
A veces la política no cambia de manera gradual. No se transforma con discursos largos ni con promesas recicladas. Cambia de golpe, cuando aparece alguien que no encaja en el molde. Y entonces, casi sin aviso, surge una figura que no parece diseñada por el sistema, sino precisamente contra él.
No es un milagro ni una ilusión romántica. Es, más bien, una interrupción incómoda, una presencia que deja en evidencia lo gastado, lo torpe, lo corrupto y lo repetitivo de lo que venía antes.
La reciente participación del presidente Rodrigo Paz en la “Cumbre Escudo de las Américas”, realizada en Miami y vinculada a la agenda hemisférica impulsada por Donald Trump, ha provocado reacciones que revelan mucho más que una simple discrepancia diplomática. Lo que se ha puesto en evidencia es un fenómeno más profundo: la persistencia de prejuicios ideológicos, resentimientos históricos y una forma de provincianismo mental recurrente que aún pesa sobre amplios sectores de la política y la sociedad boliviana.
En el foro organizado por la Cámara de Industria, Comercio y Servicios de Cochabamba (ICAM), los candidatos a la Gobernación desfilaron entre cifras, promesas y lugares comunes. Hablaron de reactivación, de empleo, de seguridad y de desarrollo sostenible. Pero el empresariado cochabambino —y la ciudadanía entera— no necesita más discursos edulcorados ni consignas recicladas. Necesita carácter. Necesita decisión. Necesita un gobernador que entienda que administrar la Llajta no es administrar un botín político, sino liderar un proyecto histórico.
Como en la obra maestra de Woody Allen, Midnight in Paris, donde la medianoche abre un umbral secreto y la ciudad se convierte en un escenario habitado por fantasmas ilustres, esta historia comienza también con una medianoche mágica, pero irreal, sueño o ficción.
La crisis no se resuelve con intereses a plazo fijo, sino con ahorro de confianza, transparencia y por cuotas, sin intereses pero con seguridad jurídica.
En Bolivia hemos convertido el plazo en doctrina y el ultimátum en método de gobierno. La política dejó de ser construcción paciente de consensos para transformarse en una carrera contra relojes artificiales: 48 horas para aprobar una ley, 72 horas para abrogar un decreto, 24 horas para que renuncie. ¿100 días para salvar la economía?
Bolivia es, quizás más que cualquier otro país sudamericano, el territorio donde la multiplicidad histórica y sociológica de América Latina se manifiesta con mayor intensidad.
A cinco meses de la muerte de Cachín Antezana (28 de agosto de 2025), su figura se erige como un referente central para comprender la literatura, la poesía y el cine bolivianos desde una perspectiva crítica, filosófica y profundamente reflexiva.
Su obra no puede reducirse a un inventario de textos ni a un compendio de opiniones; Cachín construyó un pensamiento complejo sobre Bolivia, donde la cultura, la política y la historia se entrelazan de manera inseparable.
Cada campaña electoral trae consigo su propio lenguaje, sus fórmulas mágicas y sus máximas repetidas hasta la náusea. Traigo esto a colación por aquella frase que aún resuena en la memoria: la consigna demagógica del inolvidable alcalde de la distópica ciudad de Sucupira, en la novela, El bienamado, Odorico Paraguaçu: “Dejemos los entretantos y pasemos a los finalmentes”.

