
CARTUCHOS DE HARINA
Como incluso en el oficialismo ya es lícito comparar a Evo con René Barrientos o Jaime Paz (no precisamente las cotas más altas de la historia patria), encajaría bien extender esas analogías. Por ejemplo, no sólo a cómo otros se reeligieron o habilitaron, sino también a los modos de fracasar en el intento.
Dónde habré leído esa frase sencilla que dice que somos apenas sombras, sombras fugaces. La mezclo con Benjo Cruz, el guitarrista muerto en Teoponte, que declamaba en sus conciertos: “Voy a cantar una copla por si acaso muera yo, porque los hombres hoy somos, mañana no”.
De tanto escapar del bostezo, vino en mi auxilio el eco del cuarentañero debate de indianistas y kataristas. Ése que da mucho más de sí que los monótonos circunloquios de multiculturalistas/liberales; izquierdistas/derechistas; autoritarios y demócratas.
No es para celebrar, descorchar champaña o para que Moisés registre los derechos sobre un undécimo mandamiento, pero en Bolivia la política no sobrevive sin clientelas que medren de apoyar al poderoso del día. El drama del “Gobierno de los movimientos sociales” —como le gusta(ba) definirse— es más grave, empero: su clientela y la suerte de sus dirigentes y adalides son ahora la solitaria finalidad de su poder.
Aquí ya sabíamos que la política es también un show. Los discursos de plazuela —como se llamaban peyorativamente— fueron sustituidos de a poco por empaques, jingles y spots. La propia necesidad de expresarse en esos odiosos anglicismos ratifica que en Bolivia la política como oferta de mercancías es producto —uno más— de una importación exitosa, como antes las películas de cowboys. La generación de nuestros abuelos ya vivía esa hibridez preglobalizadora que le hacía gustar, a la vez, a Los Chalchaleros y a John Wayne, el cowboy por antonomasia.
El periódico La Razón (nadie alega que sea parte de alguna conspiración galáctica contra el Gobierno) reseñó hace poco un discurso del Presidente. En él reveló más de la tradición política que representa, que en las sentidas peroratas por el asesinato del Che Guevara.
Con el Nobel a Dylan ocurre lo que con el Nobel de literatura conferido a Churchill en 1953. Se recelan razones extraliterarias o subalternas por la fama o influencia del premiado. Y surge una crítica de retrogusto elitista: nada que sea significativo en la calle puede ser de verdad bueno. Es como si el Nobel se lanzara a los brazos sudorosos de la política, de la popularidad, de los fans.
Luis Ossio fue profesor de Derecho Minero y dejó la cátedra para candidatear como Vice de Banzer en 1989. Su candidatura fulminó la alicaída impronta “progre” que el Partido Demócrata Cristiano (PDC) difundía como humanismo cristiano en la izquierdizada universidad.
De puro cantor, soñando con una rutina distinta a los papeleos con los que me gano el chairo, descubrí cómo se colabora para el periódico español El País. Éste tiene un recetario para que un artículo de opinión sea admitido por sus editores.
Al final, reglas como ésas son sólo la impresión de una persona, por hispánica, sabia o letrada que se muestre. Pero me pregunto cuántas columnas de nuestros periódicos calificarían bajo el criterio de El País o si las “del suscrito” (o sea yo, dicho en andino-acartonado) lo harían, sin incurrir además en lo que critico en estas líneas.
El Cardenal Richelieu sostenía que “hasta los mejores príncipes necesitan un consejo”. Cuánto precisarán un consejo, entonces, los príncipes de corte más modesto, para ponerlo en refinados términos cardenalicios. Y en sus relaciones con Brasil, al Gobierno le falta un (otro) amauta. No vamos a exigir un Richelieu local.

