
CARTUCHOS DE HARINA
La impronta de los años 90 aún seduce a muchos. Para esa nostalgia, la panacea es recrear alianzas hacia el centro. El consenso racional se armaría en el Parlamento y, después, con la Bolivia corporativa que se deje persuadir. Los desafectos y las pasiones se calmarían con el jarabe de la deliberación del interés general.
El estado de excepción caía de maduro, aunque los acríticos fans del Gobierno ya lo felicitaban justo por no dictarlo. Difícil como fue manejar semejante trance, flaco favor se les hace a las autoridades al solo lanzarles serpentina porque hagan o porque no hagan.
Les propongo un juego sencillo. Siguiendo una lectura apropiada para estos días, me ocuparé de las miserias de la Roma imperial, hace 2.000 años. Como ustedes no son brutos romanos ni bolivianos, seguramente aplicarán estas incidencias a algún reino contemporáneo. Deslindo toda responsabilidad por las aventuradas conclusiones que ustedes saquen.
El Diccionario del diablo define así el ultimátum en la diplomacia: “es la última demanda antes de que el que la pronuncia pase a hacer concesiones”. Estos días se podría usar ese concepto para interpretar al presidente cuando afirmó que “el tiempo se acaba”. O a Nilton Condori, con disfraz de jinete del apocalipsis, anunciando la “guerra civil” y la “revolución sangrienta”.
En Polonia, otro país de raíz católica como el nuestro, repiten este lema: “nada de nosotros sin nosotros”. El libro del que cito esa frase asegura que los polacos se libraron por eso de las tiranías de pueblos eslavos más al oriente, aunque el orden corporativo del “nosotros” engendrara sus propios problemas. La composición de estamentos y corporaciones del “nosotros” deja ver sus orígenes medievales.
El 23 de abril los cancilleres de Bolivia y Chile mutilaron su reparador sueño. Francisco Pérez Mackenna, exgerente del grupo Luksic, partió de Arica a Tambo Quemado, el paso fronterizo. Fernando Aramayo se dirigió allí a las 3 de la madrugada desde La Paz. Fue la puesta en escena de la entente en la que se afanan ambos ministros. Ninguno quiso aguar el desayuno ni las ilusiones invocando las malas horas del pasado.
Los incas se movían con pragmatismo con los pueblos sometidos: sus dioses eran incorporados a la teogonía imperial. Nada muy distinto de la costumbre romana. Y pese a la persecución de la idolatría por parte de los misioneros cristianos en América, el sincretismo fue también su norma.
Ya Nicolás de Cusa (siglo XV), mucho antes de la sustitución del latín por las lenguas vernáculas que adoptó el Concilio Vaticano II, aseguraba que para la unión religiosa era precisa la humildad intelectual y aprender la lengua y doctrina de los “infieles”.
El paro del transporte en La Paz y El Alto duró menos de dos días. Fue resuelto por parte del gabinete ministerial, encabezada por el hábil ministro de Gobierno. En horas pasamos de la incertidumbre del paro absoluto a su desactivación plena.
Los presidentes Paz y Kast se reunieron en dos ocasiones; una tercera no tuvo lugar por restricciones de tiempo en los días de la posesión del nuevo mandatario chileno. En las declaraciones posteriores a sus dos encuentros, ambos ensayaron palabras afables, de circunstancia.
Es célebre que José Enrique Rodó, el escritor uruguayo, le transmitió a Alcides Arguedas que su libro Pueblo enfermo debió denominarse Pueblo niño. Detrás de este título –que no fue– se hallan varios lugares comunes de Hispanoamérica. Entre líneas, está allí el paternalismo. El respeto a la mano patriarcal de los presidentes, desde Fidel Castro hasta Álvaro Uribe, pasando por Evo y Barrientos.

