
CARTUCHOS DE HARINA
Néstor Kirchner tomó el poder en 2003. Era apenas un delegado del verdadero hombre fuerte del peronismo: Eduardo Duhalde. Kirchner venía de gobernar una provincia sin importancia del sur argentino, en la que ya había impuesto su puño.
Ni bien posesionado, Kirchner pidió la renuncia de los magistrados de la Corte Suprema para neutralizar a una mayoría fuera de su control. En la interna peronista, jubiló a su padrino Duhalde, luego de hacerlo con Menem en las elecciones.
La historia es más circular de lo que nuestros prejuicios modernos nos llevan a admitir. El título de esta columna es el de la reseña de un texto de hace la friolera de 120 años.
Extraída del número de julio de 1907 de la llamada Revista de los banqueros (de Estados Unidos), se refiere a una publicación del embajador de Bolivia en Estados Unidos, Ignacio Calderón. La intención del embajador era la que tendría hoy un –aún en veremos– diplomático nuestro en el Potomac: atraer inversiones.
La revolución ha gozado de mucho prestigio entre nosotros y, quién sabe, solo estemos viviendo un breve intervalo de su influjo histórico. Por décadas, en Bolivia eran escasos los partidos que no llevaran apellido “revolucionario”.
La impronta de los años 90 aún seduce a muchos. Para esa nostalgia, la panacea es recrear alianzas hacia el centro. El consenso racional se armaría en el Parlamento y, después, con la Bolivia corporativa que se deje persuadir. Los desafectos y las pasiones se calmarían con el jarabe de la deliberación del interés general.
El estado de excepción caía de maduro, aunque los acríticos fans del Gobierno ya lo felicitaban justo por no dictarlo. Difícil como fue manejar semejante trance, flaco favor se les hace a las autoridades al solo lanzarles serpentina porque hagan o porque no hagan.
Les propongo un juego sencillo. Siguiendo una lectura apropiada para estos días, me ocuparé de las miserias de la Roma imperial, hace 2.000 años. Como ustedes no son brutos romanos ni bolivianos, seguramente aplicarán estas incidencias a algún reino contemporáneo. Deslindo toda responsabilidad por las aventuradas conclusiones que ustedes saquen.
El Diccionario del diablo define así el ultimátum en la diplomacia: “es la última demanda antes de que el que la pronuncia pase a hacer concesiones”. Estos días se podría usar ese concepto para interpretar al presidente cuando afirmó que “el tiempo se acaba”. O a Nilton Condori, con disfraz de jinete del apocalipsis, anunciando la “guerra civil” y la “revolución sangrienta”.
En Polonia, otro país de raíz católica como el nuestro, repiten este lema: “nada de nosotros sin nosotros”. El libro del que cito esa frase asegura que los polacos se libraron por eso de las tiranías de pueblos eslavos más al oriente, aunque el orden corporativo del “nosotros” engendrara sus propios problemas. La composición de estamentos y corporaciones del “nosotros” deja ver sus orígenes medievales.
El 23 de abril los cancilleres de Bolivia y Chile mutilaron su reparador sueño. Francisco Pérez Mackenna, exgerente del grupo Luksic, partió de Arica a Tambo Quemado, el paso fronterizo. Fernando Aramayo se dirigió allí a las 3 de la madrugada desde La Paz. Fue la puesta en escena de la entente en la que se afanan ambos ministros. Ninguno quiso aguar el desayuno ni las ilusiones invocando las malas horas del pasado.

