
CARTUCHOS DE HARINA
La revista Foreign Policy acaba de entrevistar a Gracelin Baskaran, economista minera sudafricana. Ella dirige el Programa de Seguridad de Minerales Críticos del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés) de la jesuita Universidad de Georgetown.
Baskaran explica cómo los minerales reorientan la política exterior de Donald Trump. De ahí su obsesión por Groenlandia y Canadá, dos territorios mineros. Según la profesora, en 2026 Washington se acercará a Ottawa, atraída por el brillo metálico.
Después del éxito de su novela El mago del Kremlin, el politólogo italiano Giuliano da Empoli ha publicado el libro que lleva el título de esta columna. Es un texto inquietante. Podría ser distópico, pero es sobre el presente del globo. Y en esta nuestra remota provincia ese es un factible porvenir.
La feligresía modernizante no puede más del éxtasis por la IA, pero Da Empoli muestra cómo las clases bajas están ya a merced de las órdenes y evaluaciones dictadas por la tecnología.
Antes de la posesión de Rodrigo Paz, la expresidenta Jeanine Áñez salió de la cárcel. El Tribunal Supremo de Justicia revisó extraordinariamente la sentencia que la condenó por actos inmediatamente previos a su ascenso al poder: el “golpe”, así bautizado por la artillería del MAS.
Finalmente, Rodrigo Paz, el príncipe de una estirpe, se impuso en la segunda vuelta al Cid Campeador de la derecha, Tuto Quiroga.
Si los políticos se clasifican en sacerdotes, guerreros, profetas o agnósticos, Tuto fue al inicio de su carrera un agnóstico, por tecnócrata. Sus años de oposición lo tornaron en guerrero. En cambio, Rodrigo bien podría ser obispo. Lo acreditan su conveniente ambigüedad, sus estudiados gestos y su verbo de concordia.
Jesús aseguró que el reino pertenecería a los que son como niños, para júbilo de tanto adulto sin crecer. La pena es que un versículo de San Pablo prescribe una conducta más exigente: “Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño”.
La leyenda del diplomático inglés expulsado por un tirano boliviano merece más piedad por la historia. Rescato aquí datos de Roberto Querejazu y resumo varias de mis propias pesquisas.
En 1852, el coronel John Lloyd, encargado de negocios, llegó a La Paz. Su objetivo: la libre navegación de comerciantes británicos en los ríos de Bolivia. Lloyd conocía la región por su vínculo con Bolívar. En 1827 recibió su encargo de explorar el istmo de Panamá para comunicar los dos océanos.
En 1837, en la primera comunicación oficial boliviana con Washington, el presbítero José Manuel Loza fue muy atento. Loza era secretario del Supremo Protector de la Confederación, y Estados Unidos había acreditado un nuevo encargado de negocios en Lima.
Loza le dejaba saber al secretario de Estado que (ejem) la organización política había variado un tantito. Donde antes había un solo Perú, ahora había dos, confederados con Bolivia. Loza se despidió con mieles para el “ilustre pueblo de Norteamérica”.
Adlai Stevenson fue un político “liberal” estadounidense. Él decía que “una sociedad libre es aquella en la que se puede ser impopular y estar a salvo”. Bolivia no cumple ese estándar.
La justicia aquí falla según el clamor popular, la presión de los medios o, peor, los gustos del gobernante o del dinero. Ahí tienen a Camacho o a la secretaria de Evo en 2020; fuera de la política, al médico Jhiery Fernández que pasó casi cuatro años en prisión por la supuesta violación y muerte de un bebé.
Walter Auad Sotomayor ha publicado un libro sobre los años de la Independencia. Es un texto erudito, relajado y disfrutable. Adverso a las hagiografías, Auad se nutre de la visión personal de brasileños, argentinos, chilenos, peruanos y colombianos en su correspondencia y memorias. Al igual que de las de los criollos de Charcas: esa casta letrada, sí, y conservadora, católica y premoderna como su país, aunque sin indígenas. Movida por lo que es más humano: persistir en sí misma, con sus sombras y quimeras.

