
CARTUCHOS DE HARINA
Suena asombroso, pero Donald Trump ha publicado libros —y exitosos—, como El arte de negociar o Salvar América. Fruto de escritores fantasmas, no indagaría la política de Trump allí. Un manual para entenderlo es el de Pat Buchanan: La muerte de Occidente (entre los libros más vendidos de 2001, según el New York Times). Sus ideas han encarnado en la derecha estadounidense. Esta no es ya solo conservadora: busca una revolución.
No fui devoto del Jaime Paz político ni presidente. Recuerdo su defensividad con los periodistas (“¿por qué no respetan a su presidente?”) o su reclamo público por el modesto avión presidencial (!). Sin embargo, con sus sombras, su Gobierno ha envejecido bien. Miren sino la suerte de otros mandatarios, incluido el actual.
En 2016, un desconocido J.D. Vance publicó el libro Hillbilly Elegy. Hillbilly es el habitante de las zonas rurales montañosas de Estados Unidos, pero en la jerga es una ofensa dirigida a alguien estúpido o con absoluta falta de sofisticación. Esa obra de J.D. Vance fue reputada clave para entender el Brexit, o al votante de Trump. De un entorno de Kentucky, pero afincado en Ohio, J.D. Vance tenía como familia y amigos a quienes son llamados white trash (basura blanca): blancos sin medios ni educación, con trabajos precarios y familias disfuncionales.
El expresidente del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Salvador Romero, no es mi pariente. Intuyo, además, que somos aves distintas, aunque la cordialidad sin gran cercanía haya circundado nuestros escasos encuentros.
Las transiciones constitucionales “nunca son asuntos legales”. No obstante, los precandidatos no se animan a postular una reforma constitucional. Paradójicamente, Evo es el único que la plantea a veces. Por las urgencias que sufrirá el próximo Gobierno, les aterra la ciénaga de una constituyente, pero eso por una perpleja reverencia a la rigidez de la Constitución actual. Se cree que no hay otra vía para cambiar sus artículos más espinosos.
En septiembre de 1973, el secretario de Estado Henry Kissinger festeja que casi 20 Gobiernos reconocen a la junta militar chilena. El telegrama termina de modo peculiar: “los militares se esfuerzan por crear la impresión de un posible acercamiento con Bolivia”.
Hace 100 años era bien visto evocar la dictadura de Linares, contaba Ignacio Prudencio Bustillo. Se ansiaba otro hombre fuerte para purgar los males de la nación, incluso en el sentido de procurarle, figuradamente, la expulsión de los fétidos contenidos atorados en su vientre.
Por nuestra tormentosa historia, nuestros abuelos repetían que “en todas partes se cuecen habas (un refrán castellano clásico), pero en Bolivia solo se cuecen habas”. De una manera resignada y, a la vez, pícara y campesina, transmitían así que en todo el globo se presentan líos políticos intrincados y extravagancias en la vida pública, pero solo en Bolivia son la regla, o eso creemos.
¿Cuán vinculado estuvo Víctor Paz con el golpe de Estado de Alberto Natusch Busch en noviembre de 1979? Gracias a los cables norteamericanos de ese tiempo, podemos descubrir un ángulo de la verdad: Paz estaba a favor del golpe hasta que sondeó a los americanos en Washington DC y luego concurrió a un almuerzo para el secretario de Estado Cyrus Vance, el 23 de octubre. La falta de sustento para una asonada militar le quedó clara a Paz, y reculó.
Yo sé que un día todo lo volveré a ver, dice el poeta. Ese día, regresará Rita del Solar, la ya-no-ya de la exquisitez, con sus conocimientos venidos de quién sabe qué baúl, blandiendo el dedo índice y sentenciando: “los espárragos se comen con la mano”. Y llamará exultante a sus amigos para decirles que, en una serie, los príncipes de Gales efectivamente los comían sin cubiertos. Para ella, eso solo podía significar que la serie estaba bien hecha.

